A Sala Llena

Nido de ratas

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(A continuación se revelan detalles importantes del argumento del film Los Infiltrados)

Hay quienes dicen que Los Infiltrados no está a la altura de las obras maestras de Scorsese. Pero yo sigo afirmando que sí, y que incluso podría ser tomada como una extensión de la trilogía de gángsters que incluye a Calles Salvajes, Buenos Muchachos y Casino. A pesar de que pasaron varias décadas entre la célebre tríada y el film de 2006, ésta última tiene varios puntos en común con la película protagonizada por Ray Liotta, una de las mejores obras del género que vio el cine.

Los Infiltrados marca la vuelta a los orígenes, – aquella crianza en Little Italy – a la obsesión del director: la mafia. Ésta vez, la irlandesa y como escenario de corrupción, las calles de Boston. Sobre las primeras imágenes documentales de Massachusetts en los años setenta, aparece la voz en off –recurso scorsesiano- de Frank Costello (Jack Nicholson) que luego se hace material. En Buenos Muchachos, la voz en off de un Henry adolescente nos relataba su ascenso en la mafia a través de los años. Acá pasa algo similar: si bien no es el propio Colin Sullivan (Matt Damon) quién relata, conocemos al personaje cuando es un niño y seguimos su desarrollo a través de los años, apadrinado por el capi di tutti capi. Costello cumplirá el rol de maestro y “padre” en su vida. Algo así como Paulie en la enseñanza mafiosa de Henry. De hecho, antes de morir, Costello le dice a Colin: “Eres como un hijo para mí”.  Años más tarde, este se acomoda en la Unidad de Investigación Especial de la policía de Boston, como infiltrado. Y más tarde se le asignará buscarse a él mismo, es decir, a la “rata” dentro del departamento. En el código que manejan maestro y aprendiz, mediante el celular – intercambiando información, datos y movimientos – Colin se dirigirá a él varias veces como “Papá”.

Scorsese toma la amargura del noir, para ubicarla dentro de un relato de ascenso y caída – típico en el cine de gángsters -, pero en el marco de esos policiales que realizó la Warner por los años cuarenta, donde la corrupción está en los dos bandos. Y acá es donde se produce una inversión de roles: Sullivan es el malo, – el Judas de ésta película – pero actúa como bueno y Costigan es el bueno –un policía infiltrado en la mafia- que debe actuar como malo. No hay espacio ni para un resquicio de esperanza dentro de este mundo que nos presenta Scorsese, donde ni siquiera las ratas sobreviven. Por eso, tampoco tiene lugar la redención: si en Toro Salvaje, el espacio redentor era el ring, acá es para Sullivan, su departamento; en el cual comparte momentos su novia Madolyn (Vera Farmiga) y tiene vista a la cúpula de la Cámara Legislativa, que es el motivo por el cual lo compra. Si bien se puede suponer que verla le trae a Colin recuerdos de su educación religiosa o lo hace sentir menos culpable de alguna manera cuando la mira, el hecho de que sea la Cámara Legislativa, acompaña el concepto de corrupción que desea mostrarnos su director. Costello dibuja un montón de ratas saliendo de aquella cúpula.

La salvación siempre llega a través de un acto exacerbado de violencia en el cine de Scorsese, Taxi Driver es el ejemplo más claro. Las decisiones tomadas por los personajes en determinado momento, los llevan a sentir culpa, y luego un fuerte deseo de eliminarla, buscando la redención: en Pandillas de Nueva York, Amsterdam logra redimir a su padre a través de la venganza, habiéndole ganado a Bill. Para Sam en Casino, la redención se encuentra en Las Vegas, la oportunidad de comenzar una nueva vida.  La maravillosa escena del comienzo lo representa: la salvación simbolizada en el fuego. Es esa experiencia que vive, la que lo redime. Max Cady en Cabo de miedo será quien decida redimir a su abogado a través de la violencia y una gran carga religiosa. En el caso de Buenos Muchachos, ésta llega cuando Henry decide dejar la vida de gángster, y proteger a su familia. De hecho, en Los Infiltrados podría pensarse que ese tiro en la cabeza que recibe Costigan sorpresivamente, es su salvación.

Los personajes de Scorsese están pasados de rosca. No duermen, son desequilibrados, obsesivos, paranoicos, al borde de explotar en cualquier momento, y van camino a la autodestrucción. Nosotros como espectadores, nos quedamos a presenciar hasta dónde llegarán. Transmite la angustia y el pánico que vive Costigan día a día, esa adrenalina constante de la que no puede salir por la doble vida que lleva, a través de escenas resueltas solamente mediante primeros planos – como la del final en la azotea – donde se percibe tanta tensión que casi no hay aire entre rostro y rostro, entre vida y muerte. Lo condena desde que sale de la cárcel y comienza a trabajar como infiltrado, ubicando la cámara detrás de las rejas. Es un personaje típicamente scorsesiano, que vive en un estado de paranoia pura. “Eres estúpido, y eso es lo que te mata en este negocio” le dice Costello a Costigan. Es un estúpido porque cree que puede hacerse justicia, cuando trata de arrestar a Sullivan y en vez de justicia, encuentra la muerte. Esa amargura, y ese nivel de desesperanza es el que retrata Scorsese. Nos dice que esto es un nido de ratas en el que todo vale.

Costigan y Sullivan son dos caras de una misma moneda. No se conocen, pero comparten el mismo mundo y la misma mujer. Ambos son personajes solitarios y paranoicos. Al comienzo, el montaje hace un paralelismo entre ambos, en una secuencia que alterna sus estudios en la Academia de Policía. En la escena de la persecución a la salida del cine porno, ambos están desesperados por descubrirse, es un olfateo permanente, están a metros uno del otro pero no logran verse las caras. Como buena rata, Sullivan se escabulle y Costigan lo pierde en las calles. Esa escena es un despliegue de paranoia y  del mimetismo que existe entre los dos personajes que viven la misma vida pero invertida. Queda clarísimo en el plano que Sullivan congela en su computadora: Costigan de espaldas en medio de la calle. Si nosotros no supiéramos que es él, podría ser perfectamente su opuesto, o mejor dicho su reflejo, porque ambos llevan atuendos casi idénticos. Como parte del adoctrinamiento del joven Colin, Costello profesa: “Cuando yo tenía tu edad, decían que podías ser criminal o policía. Hoy te digo esto: cuando te enfrentás a una pistola cargada, ¿cuál es la diferencia?” Esa, es que Sullivan es un traidor, él es la verdadera rata. Así como Henry traiciona a Paulie vendiendo droga o Nicky a Ace, acostándose con su mujer, Sullivan primero inculpa y deja morir al Capitán de la Policía y en esa misma escena a uno de sus compañeros, apagando la radio por la que se estaban comunicando. Minutos más tarde mata a sangre fría a Costello, tras haberse enterado que vendía a sus informantes al FBI.

La bandera de Estados Unidos dice presente en las escenas donde se habla de negocios sucios, ya sea de fondo pero bien nítida en la conversación entre Costigan y su primo o en la gorra que tiene puesta Sullivan mientras habla con Costello en el cine porno. También aparece detrás del mostrador del bar en el cual Colin conoce a Costello por primera vez y en la escena donde Frank y Finch le golpean el brazo quebrado a Costigan. De hecho Finch, momentos antes de ser emboscados por la policía dice: “Es una nación de ratas”.

La constante comparación que hace Scorsese entre los infiltrados y las ratas tiene su momento cúlmine en la escena en la cual Costello habla con Costigan en un restaurante. En dicha escena, Costello está dibujando una cúpula -que hace referencia a la que se ve desde el departamento de Sullivan-, rodeada de ratas. En ese momento, llega Costigan y se sienta en su mesa. Costello le hace saber su preocupación por el hecho de que hay una “rata” en su bando. “Huelo a rata” le dice y mientras le apunta con un arma le pregunta: “¿Quieres ser yo?”. A lo que Costigan responde: “Podría ser vos, sí, eso lo sé, pero no quiero.” Y cuando Costello se levanta de la mesa, para dejar su asiento a Francis, se para detrás de Costigan, como si pudiese olfatear el miedo. Costigan es una rata subordinada: responde a órdenes del Capitán Queenan – que a su vez cumple la función de figura paterna -, y al mismo tiempo de Costello. Es una rata porque sabemos desde el comienzo, – cuando conoce al Capitán Queenan y a Dignam -, que usaba diferentes acentos para sobrevivir: uno con su padre y otro con su madre. Era un joven de clase media alta durante la semana y los fines de semana cambiaba el acento para trabajar con su padre. Es un tipo que está dispuesto a pasar 6 meses en prisión para ser un infiltrado, y a partir de ahí su vida se convierte en una lucha por sobrevivir. Esa lucha, terminará con un duelo cuerpo a cuerpo con la otra rata: Sullivan, la rata oportunista. En el momento en el cual se da cuenta de que tiene que encontrar a la “rata” dentro de su Unidad, ve la oportunidad de culpar al Capitán Queenan y más tarde la de matar a su mentor y Jefe, para salir del aprieto y la toma sin dudarlo. Sullivan gana el duelo a punta de pistola con Costello, – la rata dominante – y logra posicionarse como macho alfa aunque sea por un instante. Luego atiende su celular que suena, y le anuncia a la mujer de Costello: “Lo perdimos, Gwen”.

El teléfono es símbolo de engaño y traición para Scorsese. Desde el teléfono situado en el dormitorio de Ava Gardner, Howard Hughes escucha las transcripciones de sus conversaciones. Cuando la ingenua Danielle Bowden levanta el teléfono de su dormitorio, mantiene el primer acercamiento con Max Cady en el cual él se hace pasar por el profesor de teatro. Es a través de un teléfono, que Ace descubre a Ginger susurrando sus deseos de asesinarlo. En Los Infiltrados el teléfono celular, juega un papel fundamental en la develación de complicidades y traiciones: los infiltrados se manejan con dos celulares. Delahunt le confiesa a Costigan – antes de morir desangrado -, haber descubierto que él era la rata: cuando hablan por celular, Delahunt le dice mal el número de la calle a la que debe ir, pero Costigan llega sin problema a la correcta. El sonido de un mensaje de texto delata a Costigan cuando sigue los pasos de Sullivan por la calle. A través del teléfono que atiende la novia de Colin, Costello luego lo amenaza advirtiéndole lo que le va a pasar a su novia si no hace lo que le pide. Hay una escena magnífica que tiene como centro el teléfono celular: la que Sullivan llama a Costigan desde el celular de Queenan que ya había muerto. Scorsese filma la traición en plano detalle: Sullivan, – en medio de un operativo por descubrir una transacción de Costello -, le envía un mensaje de texto desde el celular, dentro de su bolsillo, informándole que están rastreando los celulares. Lo hace sentado entre el Capitán Queenan y Ellerby (Alec Baldwin), manteniendo la mirada al frente todo el tiempo. La mirada de un iceberg que no se mueve ni se rompe, inmutable.

A pesar de sus semejanzas con otras películas de Scorsese, Los Infiltrados es diferente en su estilo. A lo largo de su carrera, Marty nos malcrió con sus característicos planos secuencia – como el del Copacabana -, y acá encontramos una fragmentación de planos frenética, casi compulsiva, lo que hace que el montaje favorezca el ritmo de narración en la película. Un montaje totalmente acelerado y desaforado, similar al de la secuencia final de Buenos Muchachos, que hace referencia al estado del personaje, totalmente pasado de merca. Acá la merca de los personajes es la adrenalina, la delgada línea entre la vivir o morir. Los Infiltrados es un desfile de los típicos planos detalle scorsesianos, ya sea de la etiqueta de un frasco de pastillas o una foto, hasta un homenaje al caché que utilizaba Griffith. La música, cumple, por momentos, la misma función que en Buenos Muchachos: contrasta con la imagen y cada plano está construido en un sentido musical. Los temas nos remiten instantáneamente a la imagen. En la masacre de Buenos Muchachos sonaba Layla, y acá “Gimme Shelter” cuando Costigan golpea brutalmente a los mafiosos de Providence. También comparten rasgos de la fotografía, como ese rojo scorsesiano, de la mano de su cómplice y director de fotografía de ambas películas, el gran Michael Ballahus.
Lo que sucede en Los Infiltrados, es que se va generando un crescendo, hasta alcanzar el climax final de tensión y de muertes que termina abruptamente. Comparte el tono operístico con Cabo de miedo y Casino.

Scorsese logra hacernos sentir inmersos en ese mundo donde el humo emana de las calles plagadas de corrupción, por las alcantarillas – como en Taxi Driver -, ese mundo de paranoia y obsesión – el de Cabo de miedo o El Rey de la Comedia -, de adrenalina y aceleración como en Buenos Muchachos. Ha logrado verter dentro de sus películas su fascinación por la mafia y sus obsesiones narrativas, musicales y estilísticas. Y a través del género, – a diferencia de Coppola y de El Padrino -, logra desmitificar la figura del gangster, y expone personajes marginales, siempre con una mirada desprejuiciada sobre los hechos que muestra. Por todo esto, Scorsese es el verdadero Padrino del cine de gángsters.

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