A Sala Llena

Nomeolvides en la Niebla

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Nomeolvides en la Niebla

Dirección & Autoría: Anahí Ribeiro. Diseño de Luces: Akira Patiño. Producción General: Carlos Monteros. Escenografía: Juan Guerrero. Diseño Sonoro: Pablo Douchovny. Asistencia de Dirección: Antonella Schiavoni. Elenco: Gustavo Pardi, Anahí Ribeiro, Fernando Sayago, Graciela Levaggi, Rocío Esclavo. Prensa: Hernán Pairetti.

Imitación a la Vida 

Transportarse al mundo que Anahí Ribeiro construye en Nomeolvides en la Niebla es abocarse a realizar un viaje al pasado… al pasado del teatro, de la actuación e incluso del cine.

Reminiscencias de la literatura de Tenesse Williams o Arthur Miller, o las obra cinematográficas de Douglas Sirk acaso.

Un decorado opulente, un living comedor que parece sacado de la década del ’40 nos anuncia que estamos frente a una obra que parece estar muy alejada de lo que nos acostumbra a mostrar el teatro off o under.

Los personajes tienen una impronta meticulosamente trabajada en base a posturas y maneras de hablar que no se corresponden a la actualidad.

Sí, un viaje en el tiempo. Como el que realizábamos con Todd Haynes cuando veíamos Lejos del Paraíso (2002), la magnífica obra con Julianne Moore y Dennis Quaid, que hablaba sobre el dilema de mantener la imagen sobre la “familia perfecta” ante los ojos de la sociedad, mantener la vida que dictan las revistas de moda, la casa de muñecas. Mientras que los sentimientos y los impulsos genuinos deben ser reprimidos.

Francisco (Pardi) es el hijo de un empresario venido en decadencia, fallecido hace varios años, quien resuelve casarse por conveniencia con la hija de una ex empleada del padre para mantener un estatus quo social. Unos días antes de que se concrete el enlace con María (Esclavo), llega, Blanca (Ribeiro), la hermana mayor de la misma. A diferencia, de la primera, Blanca es una mujer autosuficiente, independiente que no desea mostrar fragilidad ante los ojos de Francisco, que a pesar de tener una mano discapacitada, ha sabido luchar contra los prejuicios de la sociedad y salir adelante en la vida. En el medio, en la misma casa, vive la madre (Levaggi) de ambas, una mujer de pasado oscuro, irónica y carácter fuerte, que continuamente enfrenta a Francisco por el control sobre el hogar.

Francisco es frío e infeliz. No ama a María realmente. Lo que más le importa es poder saldar las deudas que dejó el padre y poder sostener la “familia”. Sin embargo empieza a encontrar en Blanca, un alma gemela, una persona que lo comprende y ve más allá de la coraza que él mismo se impone. Pero, justamente, el hecho de tener que mantener las apariencias de no poder jugarse por los sentimientos imposibilitarán que la relación llegue adelante. La llegada de un amigo de Francisco (Sayago) no hará meas que complicar el asunto.

Ribeiro controla cada detalle de la puesta: realmente estamos dentro de los años ’40: no hay contexto histórico que nos sitúe específicamente en un año por suerte, por lo que se lee, que lo que se desea no es hacer una crítica política. Pero sí una manera de demostrar la forma en que el juego de las apariencias, que era tan típica de la época terminó por marcar a las generaciones venideras.

Un melodrama cuidado. La iluminación juega un rol central, no es azarosa ninguna luz, y cada postura y forma de caminar esta cuidado. Tiene una importancia fundamental el fuera de campo, el mundo exterior que funciona como una capsula de todos los miedos que se impregnan en el miedo de la familia: salir de este microuniverso significa ponerse en contra de la sociedad. Cada color está elegido de forma justificada, y los diálogos tienen un ritmo inusualmente fluido pero a la vez bien modulado, elegante, típico de la época.

A pesar de la solemnidad que impregna el relato, la narración es llevadera durante los 100 minutos que dura la obra. Es atrapante, triste, melancólico y bello a la vez el clima que se crea en torno a los personajes.

Las interpretaciones son sólidas, quienes tienen que mostrar diferentes máscaras a medida que avanza la obra. Las máscaras se van cayendo y uno puede ver las distintas capas internas de los personajes, lo que denota un trabajo meticuloso en lo que respecta a dirección de actores y creación de personajes.

Es posible que, entre tanto lucimiento interpretativo, el personaje de Rocío Esclavo quede un poco reducido, y hubiese sido interesante verlo “explotar” un poco más.

El teatro Del Sur alberga una obra sensible, bella, inusualmente clásica, pero trabajada de forma armoniosa. Cuando uno entra en el código, ya se olvida que está sentado en la butaca, la voz de Ella Fitzgerarld de fondo nos transporta en el tiempo de por sí… y así como Lana Turner en 1959, gracias a Anahí Ribeiro y equipo, nuevamente, logramos ser parte de esta “imitación a la vida”.

 

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Es una historia de amores que no pueden consumarse por cuestiones relacionadas con mandatos familiares. Blanca vuelve a la casa porque su hermana menor, María, está a punto de casarse con Francisco. La madre de ambas es la que supervisa todo lo que ocurre. En medio de un ambiente festivo, alegre, con muchos paquetes de  regalos para la boda los novios se besan y se abrazan, la hermana sonríe y la madre aprueba.

Si bien en la superficie todo parece marchar sobre ruedas son muchos y variados los motivos que provocan la infelicidad de esta familia. La única que disfruta con total inocencia es la novia que está concentrada en los preparativos de su inminente boda.

Todos guardan algún secreto, algún anhelo que no han podido cumplir. Son seres que no supieron elegir el modo en el que realmente quieren vivir. Blanca se ampara en su condición de lisiada y Francisco en su poca eficacia para desenvolverse en una vida que los demás y él mismo consideren exitosa.  Así pasan su tiempo mientras se debaten entre sus deseos y sus deberes. A ellos se les suma Ignacio, un amigo de la familia que irrumpe con la dosis necesaria de desparpajo y de ambigüedad como para que todos los demás puedan reacomodarse y dar respuesta a algunos interrogantes que no terminan de resolver.

El casamiento de María y Francisco es la excusa que los acerca y los aleja a unos de otros. Alrededor de esa unión se van haciendo y deshaciendo las alianzas entre los personajes. Son sus acciones y no sus palabras las que nos permiten comprender algunas de sus motivaciones pero otras quedarán sin respuesta. Y este es uno de los inconvenientes de esta obra: durante una hora y media los personajes pasan por gran cantidad de situaciones y cada una de ellas termina muchas veces enredando una trama que podría haber sido interesante.

Los personajes no terminan de delinearse con claridad opacando las muy buenas actuaciones y la muy buena dirección de esta comedia. A lo largo de la obra, como si fuera un lazo entre el pasado y el  presente se escucha la voz de un hombre que lee una carta dirigida a otro hombre que está por casarse y que seguramente tampoco logró escapar de su destino.

Teatro: Del Sur – Venezuela 2255

Funciones: Viernes 22 Hs

Entrada$ 70 y $40 (jubilados)

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Por María Cristina Sedano Acosta 

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