A Sala Llena

Pompeii

(Estados Unidos/ Alemania/ Canadá, 2014).

Dirección: Paul W.S. Anderson. Guión: Janet Scott Batchler, Lee Batchler, Michael Robert Johnson. Elenco: Kit Harington, Emily Browning, Kiefer Sutherland, Carrie-Ann Moss, Jared Harris, Jessica Lucas. Producción: Jeremy Bolt, Paul W.S. Anderson, Robert Kulzer, Don Carmody. Distruibuidora: Energía Entusiasta. Duración: 105 minutos.

La carrera de la muerte.

Paul W.S. Anderson se toma un descanso de su archiconocida franquicia Resident Evil y se basa en un hecho histórico -la erupción del volcán Vesubio en el año 79 d.C. que dejó sepultada a la ciudad de Pompeya (o Pompeii, que suena más serio)- y se las ingenia para contar una historia en la que un celta -ahora esclavo/ gladiador/ galán y único sobreviviente de la masacre de su pueblo en manos de los romanos- desatará su venganza contra el hombre que mató a su familia, un senador interpretado por la versión evil de Kiefer, el Sutherland Jr.

Por supuesto que realizar una película tomando como base un hecho histórico que terminó en la destrucción de una ciudad entera, implica todo un desafío porque el público ya sabe cómo terminará. Pero eso no es un problema para el menos pretencioso de los tres Andersons.

La estética de videojuego, que ya forma parte del ADN del director británico (Resident Evil, Mortal Kombat, etc.), marca toda la película desde tomas en las que el protagonista debe ir saltando obstáculos y superando distintas misiones para llegar a su meta -en este caso, su interés amoroso interpretado por Emily Browning- hasta planos cenitales de ambos corriendo por el camino que va desde el palacio a la ciudad, mientras intentan escapar de la catástrofe.

Más allá de la estética de los videojuegos, la obra también posee influencias de otros films como Gladiador y 300, y de series. Incluso en cuanto al estilo visual remite a Juego de Tronos y Spartacus, con una estructura que puede dividirse en dos: un prólogo con fuertes dosis de acción, basadas en secuencias de combate cuerpo a cuerpo en la arena romana, y una segunda parte a puro cine catástrofe con escenas que oscilan entre la Troya de Wolfgang Petersen y la destrucción a lo Emmerich: tsunami, cenizas, fuego, explosiones y todo el derrumbe imaginable. Anderson no escatima: que se rompa todo y que no quede nada en pie más allá de las figuras de dos amantes hechos ceniza en pleno beso.

Ahora bien, en Pompeii ocurre algo parecido a lo que sucede cuando nos paramos frente a las secuelas de Resident Evil: nos invade la sensación de estar viendo más de lo mismo, o de un deja vu infinito que se repite en cada propuesta aunque resulta placentero a los ojos. Por este motivo es que en Pompeii, al igual que en la franquicia de los zombies, lo principal no es la historia. Ni la creatividad ni el eje de la película vienen por ese lado, sino por el placer estético: los espacios, el color, todo lo relacionado con la plástica de la imagen. Pero lo que sucede es que al centrarse en esa dimensión, la película descuida a los personajes y las actuaciones -Browning nunca está a la altura del carácter o la presencia que requiere su personaje- y Kiefer Sutherland parece  por momentos estar disfrazado de romano, lo que resulta en ocasiones ridículo e inverosímil.

Dejando ciertas cuestiones narrativas de lado, Pompeii es una película que hay que verla como lo que es: un festín de gladiadores con abdominales marcados, combate cuerpo a cuerpo, patada, piña, catástrofe y destrucción. Nada más que eso, ni nada menos.

calificacion_3

Por Elena Marina D’Aquila

 

Otra superproducción para el olvido.

La mítica ciudad de Pompeya es reconocida por haber quedado devastada tras la erupción volcánica del Monte Vesubio allá por el 79 d.C. en la época de la Antigua Roma. Lo que en esta oportunidad hace Hollywood es tomar la famosa historia para -entre lo épico, el romance y la acción- concretar otra de sus superproducciones.

El inconveniente de Pompeii, del mediocre realizador Paul W.S. Anderson, es que semejante despliegue y colage de impactantes imágenes nunca llega a imponer un relato interesante y de tinte atrapante. Por el contrario, la trivial historia del humilde gladiador que tendrá que enfrentarse al Imperio para salvar a la mujer de la está enamorado nunca adquiere los matices necesarios para que el film sea algo más que una obra intrascendente.

A pesar de todo, la película tiene algunos tópicos para destacar, más que nada en lo visual. Pompeii posee una interesante reconstrucción arquitectónica de la época, en tanto que sus efectos especiales no están extremadamente enviciados por los CGI, como gran parte de las superproducciones hollywoodenses. El problema es que ninguno de los bellos planos generales que expone cada tanto el film no son más que eso, nada va más allá del virtuosismo estético, ya que ciertas imágenes tienen poca ingerencia en la acción dramática.

Con personajes obtusos y poco carismáticos, el film de Anderson tampoco logra un factor interesante por esa vía porque el relato jamás le escapa a la obviedad. La historia siempre se encuentra en un plano secundario respecto a la espectacularidad visual, que encima al no ser tan imponente hace que la película atraviese decaídas y nunca logre ser ese gran entretenimiento que se supone constituye el núcleo de su búsqueda. En fin, Pompeii es una película más del Hollywood moderno, totalmente innecesaria y con muy pocos factores interesantes como para ser tenida en cuenta. Una obra para el olvido.

calificacion_2

Por Tomás Maito

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