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Festivales - SITGES

#SITGES2026 | Crítica de “River”, film dirigido por Joshua Giuliano

Las aguas turbias del duelo 

El debut en la dirección cinematográfica de Joshua Giuliano no busca reinventar la rueda del género, sino devolverle la pureza formal a sus mecanismos más viscerales. Si el panorama del terror comercial reciente parecía diluirse en sofisticaciones psicológicas complacientes, su ópera prima, River, funciona como un contundente manotazo de regreso a las raíces del survival slasher más atmosférico. Con producción ejecutiva de Jason Blum bajo el sello de Blumhouse-Atomic Monster -tras una millonaria adquisición en el Festival de Toronto, que evoca los grandes hitos del cine independiente-, la película rastrea una herencia genérica sumamente lúcida.

Giuliano no oculta sus deudas con las cacerías implacables de las sagas de Friday the 13th o Los extraños, pero decide trasladar esa claustrofobia a cielo abierto a las coordenadas geográficas de los parajes fluviales de Virginia Occidental. El punto de partida dramático teje la ligereza del relato de terror con la densidad de una tragedia íntima: tres hermanos distanciados, Carla (Jessica Rothe), Lucy (Jane Levy) y Drew (Max Mattern), se reúnen en un bote con el único propósito de esparcir las cenizas de su difunto padre, sin sospechar que al quedar varados bajo un puente, las corrientes fluviales los convertirán en las presas cautivas de una gigantesca figura enmascarado y sin facciones (Dane DiLiegro) que los acecha desde la orilla. 

Bajo la superficie de la cacería física, Giuliano edifica una tensión dramática subterránea que fractura el núcleo familiar a partir del resentimiento social y el desarraigo. La narrativa se sostiene sobre un choque identitario insalvable: mientras Drew y Lucy se han quedado anclados en los márgenes olvidados de esa América profunda, asimilando el aislamiento y las rústicas dinámicas locales, Carla encarna la figura de la intrusa citadina que regresa cargada de un indisimulable desprecio hacia las tradiciones interiores y el estancamiento de sus raíces. Este distanciamiento ideológico y de clase convierte el ritual de esparcir las cenizas del padre en un campo de batalla verbal, donde los reproches por el abandono mutuo pesan tanto como la corriente del río. Es precisamente en esta grieta emocional donde la película adquiere su mayor madurez teórica mediante un perverso juego de espejos; del otro lado de la orilla, el bosque esconde a una familia endogámica de asesinos que opera en las antípodas de los desapegados protagonistas. Mientras los hermanos citadinos representan la alienación contemporánea y la incapacidad de sostener sus vínculos, el clan salvaje encarna una retorcida noción de pertenencia, lealtad y tradición ancestral. La cacería se transforma en un ritual colectivo donde las dinámicas de la América profunda sobreviven y se perpetúan a través de la violencia, confrontando la orfandad espiritual y la soberbia de las víctimas con la monolítica cohesión de un linaje que defiende con sangre su territorio. 

Este riguroso estudio sobre el resentimiento encuentra su vehículo ideal en las tres destacadas interpretaciones de su elenco protagónico, quienes sostienen la claustrofobia del bote sin permitir que la tensión decaiga en un solo instante. Jessica Rothe maneja con precisión quirúrgica la evolución de Carla, cuya inicial altanería citadina se descompone en un pánico primitivo que borra cualquier rastro de superioridad moral; a su lado, Jane Levy ofrece una réplica formidable como Lucy, cargando su mirada de una contención gélida y un dolor sordo que delatan años de abandono familiar, mientras que Max Mattern dota a Drew de una fragilidad rural sumamente conmovedora. El trío actoral se convierte así en el motor de una puesta en escena donde Giuliano sustituye los efectismos baratos por una rigurosa construcción atmosférica. La fotografía de los paisajes de Virginia Occidental aprovecha la niebla natural del río para cercar a los personajes, transformando la inmensidad del bosque en una pared impenetrable. A esto se suma un diseño de sonido opresivo, donde el crujido constante de la orilla y el fluir constante del agua compiten con los silencios del asesino, cuyo rostro liso y sin facciones genera un escalofriante efecto de uncanny valley. El filme se corona de este modo como una de las sorpresas del año, demostrando que el survival es más efectivo cuando los monstruos exteriores dialogan de frente con las miserias íntimas de sus víctimas. 

(Estados Unidos, 2026)

Dirección: Joshua Giuliano. Guion: Joshua Giuliano. Elenco: Jessica Rothe, Jane Levy, Max Mattern, Dane DiLiegro. Música: The Haxan Cloak. Fotografía: Lachlan Milne. Producción: Steven Schneider, Nick Antosca, Alex Hedlund. Duración: 96 minutos. 

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