A Sala Llena

Una excursión a Yamagata (4)

La docta ignorancia

Tuve una experiencia muy curiosa viendo A2. Tiene que ver con mi desconocimiento de las cosas que pasan en el mundo. La película es una secuela de 2001 de A, una película estrenada en 1997. Ambas están dedicadas al grupo religioso Aum Shinrikyo (“Verdad suprema”), cuya celebridad se debe al atentado con gas sarín cometido el 20 de marzo de 1995 en el subte de Tokio, que dejó un número de catorce muertos inmediatos, otros a posteriori y un número muy grande de pasajeros que padecieron distinto tipo de secuelas, en particular las derivadas del trauma que significó un crimen de esa naturaleza. Mi conocimiento del tema se limitaba a saber que había habido un atentado, pero se mezclaba en mi memoria con otros más recientes, como los de los trenes de Madrid o de Londres, relacionados con el terrorismo islámico.

Pero Aum Shinrikyo es otra cosa, aunque aun hoy es difícil saber qué es exactamente, aunque el grupo sigue existiendo, aun después de haberse dividido y cambiado de nombre. Fundada por Shoko Asahara, un curioso gurú mesiánico, funcionaba como una religión sincrética que en ese momento tenía miles de adeptos que abrevaban de las prácticas más esotéricas del hinduismo, creían en el budismo y hasta en el cristianismo, así como en las profecías de Nostradamus y una serie de teorías conspirativas sobre el gobierno maligno del mundo. Los Aum vivían a espaldas de la sociedad y sus miembros se dedicaban a la salvación de su alma individual practicando el ascetismo, el estudio y la investigación por fuera de los canales oficiales. De hecho, tenían un Ministerio de Ciencia. Solo que en la organización había además un nivel clandestino, del que la mayoría de los miembros no tenían noticia, y esta secta dentro de la secta practicaba el terrorismo para reemplazar, como objetivo último, al Emperador por el Líder. 

Yo no sabía nada de todo esto y lo que vi en la película fue algo distinto: a un grupo de jóvenes muy simpáticos, muy inteligentes, muy articulados que habían tomado a su cargo la representación de Aum Shinrikyo luego de que el Asahara y varios cómplices hubiese sido detenidos y acusados no solo de los atentados del subte sino de crímenes y actos terroristas previos a él. El director, Mori Tatsuya había logrado filmar A poco después del atentado con el permiso de los integrantes de Aum y aquí también tiene acceso al mundo interno de la secta. En el momento de la filmación, los representantes de la secta tienen dos preocupaciones principales. Por un lado, intentan reconducir las actividades delgrupo no solo fuera de la actividad terrorista, sino también pidiendo perdón y compensando económicamente a las víctimas. La película muestra distintas negociaciones con representantes de los damnificados, donde los de Aum se muestran racionales y muy eficaces, así como en las conferencias de prensa, donde lucen impecablemente vestidos como si fueran promisorios ejecutivos de una gran empresa. Pero el otro problema también es serio. En todos los lugares donde se establece un centro comunitario de Aum, aparece un grupo que se propone expulsarlos, rodean la casa y los amenazan de distintas formas. Son otra secta, que ha hecho de la eliminación de Aum su objetivo en la vida. En algunos lugares, las cosas no llegan a mayores e, incluso, se ve a los Aum confraternizando con el enemigo y con la policía. El film también entrevista a uno de los líderes de los perseguidores, un nacionalista de extrema derecha (hay que decir que también lo muestra con simpatía). 

La película no toma partido por los integrantes de la secta pero los muestra muy agradables, muy juiciosos y muy determinados, también muy reflexivos en relación con el pasado y el futuro. Hay una conversación sobre el final entre dos dirigentes en la que uno le dice a otro que en los cinco años que siguieron al atentado, el Japón se transformó en un lugar mucho peor y buena parte de la culpa es de Aum (hay algo en esa escena que recuerda la charla en el tren con el filósofo de La chinoise). Más tarde, después de ver la película, me enteraría de que aunque Asahara era una persona sin instrucción, su carisma era tal que conseguía reclutar a sus cuadros más importantes entre profesionales brillantes, educados en las mejores escuelas y universidades. 

También me enteraría, asombrado, de mi propia ignorancia general sobre el tema. No sabía, por ejemplo, que en el momento de la filmación se seguía celebrando el juicio contra Asahara, los otros cabecillas de la secta y los ejecutores materiales del atentado. El juicio duró siete años y culminó en 2014 con la condena a muerte de Asahara y otros miembros. Algunos de ellos todavía seguían prófugos y fueron capturados más tarde. Tras una serie de apelaciones denegadas, en julio de 2018, ¡23 años después del atentado!, Asahara y otros doce condenados fueron ejecutados en la horca. Finalmente, los grupos anti Aum habían impuesto su voluntad al gobierno y a las cortes. 

Pero el haber visto primero la película, es decir, después de haber empezado a familiarizarme con los miembros de Aum desde una visión amable, por así decirlo, me permitió darme cuenta de los misterios del tema, de la pertinencia de la pregunta sobre cómo pudo pasar algo semejante, en particular cómo fue que gente indudablemente inteligente y preparada estuviera dispuesta a creer esa ensalada de patrañas mezclada con tradiciones ancestrales y a cometer esos atentados sin pies ni cabeza. Y cómo, sobre todo, los miembros que permanecieron en la secta, en particular los que uno ve en A2, manejen la misma línea argumental con algunos retoques y siguen siendo seres no solo racionales, sino casi encantadores.

Parecidas preguntas se hizo Haruki MUrakami, quien publicó en 1998 Underground, un libro voluminoso en el que entrevistó a las víctimas pero también a algunos perpetradores. Es un trabajo paciente, dedicado y valioso por los testimonios, muchos de los cuales hablan de cierta insólita discriminación a las víctimas. Pero los razonamientos de Murakami y sus conclusiones son más bien pobres: dice que los terroristas fueron tan lejos porque eran miembros de la elite y no a pesar de ello, así como que cualquiera que sufra en la vida puede terminar formando parte de una secta que le ofrece soluciones para todas las inevitables contradicciones del mundo. Aunque las conclusiones no dejan de ser ciertas, son casi obviedades. Nada dicen de por qué fue ese líder en ese momento y en ese país el que desencadenó tanto el horror como una venganza que contribuye a mantener el silencio, incluso cierto secreto. Es como si A2 fuera la puerta de entrada a algo que no entendemos y ni siquiera imaginamos, pero que excede largamente al atentado y tiene que ver con el estado del mundo. 

 

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