A Sala Llena

Boxing Club

(Argentina, 2012)

Dirección y Guión: Víctor Cruz. Elenco: Alberto Santoro, Jeremías Castillo, Emilio Castillo. Producción: Víctor Cruz. Distribuidora: Independiente. Duración: 67 minutos.

El naturalismo y el box.

Estamos ante un documental observacional de Víctor Cruz (recordemos su aceptable film de suspenso, El Perseguidor) en el que la mirada se posa sobre el gimnasio de Alberto Santoro, un notable entrenador de boxeo. La lucha diaria, sin la épica del cine, es mostrada por una cámara que parece estar siempre a resguardo, lejana y sin inmiscuirse entre los personajes. Las historias, catalíticas en apariencia, forman un tejido narrativo sobre la cotidianeidad del boxeador amateur o semi profesional. Tenemos al boxeo como deporte duro -obviamente esto no se descubre con el documental- sustentado por el entrenamiento, el sacrificio y el pago directo con el cuerpo ante un error. La discusión vacua acerca de si es o no un deporte queda finiquitada -aquí sí podemos descubrir algo- al escuchar a Santoro. Las indicaciones  para sus pupilos son casi siempre técnicas: posición, golpe, movimientos de brazos y piernas, etc. Probablemente la mejor escena es la de una coreografía de siete golpes que un boxeador no puede dar. La paciencia, la repetición y las alternativas que Santoro ensaya son propias de un educador, conforman una guía inductiva para la solución del problema.

Habitualmente vemos en el fútbol una presión inhumana sobre el jugador, la cizaña sobre el error y la poca contención de parte de un ámbito en el que entran el propio cuerpo técnico, el periodismo y los demás colegas de otros clubes. El cuestionamiento al boxeo, como deporte de contacto, en el que se cree que sólo vale romperle la cabeza al otro, queda por fin en el tacho luego de toparse con este documental. Es más, en la escena mencionada se argumenta, en forma indirecta, sobre los capitales de este deporte: no gana el que más pega, algo que sería como decir que en el fútbol gana el que más patea al arco o el que más delanteros pone en la cancha. Las menciones a los problemas económicos y a los malabares para poder sobrevivir no aparecen como parte de la épica en la construcción del “héroe” típico sino como un componente ineludible del perfil psicológico de un boxeador.

Aquí lo es Jeremías Castillo, un joven con algo de apoyo económico y una carrera en la curva ascendente de la notoriedad dentro del mundo boxístico. Es inevitable trazar paralelos entre lo que sucede dentro y fuera del cuadrilátero: la batalla del deporte y de la vida, pero Cruz logra bajar los decibeles de las ficciones más populares, que bien se nutrieron del boxeo. Hay momentos de relax (la mención de otros dos concurrentes al gimnasio sobre la actitud de Michael Corleone hacia Fredo en el final de El Padrino II) que equilibran esta mirada fija sobre la cocina del box, que no se presenta símil “informe de noticiero” o programa de actualidad. En el final, con la salida al mundo exterior, aparece el temor materializado en la posibilidad de que el sacrificio y todo el entrenamiento desaparezcan en un puñado de rounds. La cámara de Víctor Cruz se ubica a la par de los protagonistas pero sin invadir y en especial sin la impostación de personajes que deben actuar para la cámara. Una mirada naturalista de un deporte que cada vez más -lamentablemente- recula hacia lo marginal.

calificacion_4

Por José Tripodero

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