A Sala Llena

Días de Pesca

(Argentina, 2012)

Dirección y Guión: Carlos Sorín. Elenco: Alejandro Awada, Victoria Almeida, Oscar Ayala, Diego Caballero, Daniel Keller, Martín Galindez, Santiago Sorín. Producción: Hugo Sigman y Carlos Sorín. Distribuidora: Independiente. Duración: 80 Minutos.

El viejo y el mar.

Y un día Carlos Sorín volvió a la Patagonia. La relación del cineasta con la región del fin del mundo se remonta al rodaje de la película Un Rey para la Patagonia, un rodaje fallido del publicista Juan Fresán que trató de reproducir la historia de Orélie Antoine de Tounens, un delirante explorador que se autopronunció Rey de los Araucanos. Al igual que la misión de Orélie, la película de Fresán naufragó debido a sus altas pretensiones, pero la desventura del rodaje llevaron a Sorín, casi diez años después a concretar su ópera prima, La Película de Rey, que tuvo un éxito precipitado y ganó reconocimientos en todo el mundo.

Después de una fallida experiencia en Estados Unidos, Sorín se dedicó a la publicidad y justamente fue una publicidad de una empresa de telefonía filmada en la Patagonia la que lo ubicó de nuevo en el mapa cinematográfico, ya que le dio la oportunidad de concretar un pequeño proyecto denominado Historias Mínimas, también rodada en la misma región. Escrita por Pablo Solarz, se convirtió en una de las grandes sorpresas del 2002, y si bien no es la película que más me atrae de Sorín, se trata de una propuesta agradable, agridulce, que demuestra como historias cotidianas pueden convertirse en una película filosófica, minimalista pero con un sentido cinematográfico real.

De esta forma, Sorín sigue implementando su concepto de crear un universo propio a partir de un argumento casi anecdótico. Si bien fue cambiando de espacio geográfico, de género incluso – ver El Gato Desaparece – la premisa sigue siendo la misma, y la calidad de los productos reside en la sutileza con la que maneja la información brindada, la sencillez de sus personajes, la humildad de las actuaciones. El pasado fotográfico de Sorín, lo convierten en un preciosista de la imagen, un post impresionista que se especializa en el retrato de la geografía externa. Sorín usa pocos interiores en sus obras. Y con Días de Pesca regresa al tipo de relato que más cómodo lo siente. A pesar de que soy un verdadero fanático de El Gato Desaparece, no puedo dejar de admirar, la maestría que dan los años a la hora de narrar y dirigir.

Marcos llega a un pueblito en medio de la Patagonia para visitar a su hija, a la que no ve hace mucho tiempo, sin embargo, ella, el marido y su bebé viven en otro pueblo. Durante su estadía y la búsqueda de reconciliación del protagonista, va encontrando personajes que le ayudarán o al menos con los cuáles podrá generar mejor relación, que con su propia hija. Estos personajes, gente bonachona, típica de pueblo, actores no profesionales en su mayoría que se interpretan a sí mismos, son una marca registrada del director, obviamente. Cada historia mínima, subtrama que aparece alrededor de ellos, confluye con el conflicto de Marcos, que debe superar su miedo al reencuentro. El pasado está latente y se devela en forma indispensable para entender porque sucede el distanciamiento de Ana con su padre.

Precisa y fluida, Días de Pesca, tiene momento netamente efectistas para poder generar empatía con el espectador, pero sin dejar de lado, el costado más oscuro del protagonista, al que Alejandro Awada le aporta un humanismo y emoción genuina, consagrándolo en una de las mejores interpretaciones de su carrera. El trabajo del intérprete se hace querer sin esfuerzo. Todos los personajes que va encontrando en el camino ayudan a entender su comportamiento, que más allá de la amabilidad, denota un rencor y arrepentimiento sutil. La metáfora de la pesca sobre la cuál gira todo el argumento es inteligente. Marcos debe ser paciente, sufrir la espera y al final, casi sin darse cuenta, aunque dando pelea, termina siendo recompensado.

Si bien no se trata de una obra que depare demasiadas sorpresas, se vuelve previsible y tiene momentos sentimentales un poco desbordados, Sorín no cae en golpes bajos. Es una obra un poco más solemne que sus anteriores trabajos, que a pesar de ser más arriesgados, apostaban por un tono más humorístico – El Camino de San Diego, La Ventana, El Gato Desaparece. La música de Nicolás Sorín, aún siendo muy bella, termina forzando algunas situaciones, que tienen intensidad propia sin necesidad de una banda sonora de fondo. Más allá de estos detalles, Días de Pesca, es una obra sutil y bella, estéticamente impecable – grandes méritos de Julián Apezteguía en la fotografía – que demuestra una vez más el oficio del prolífico Sorín para narrar – y saber aprovechar la Patagonia – y la solvencia interpretativa de Alejandro Awada.

calificacion_3

Por Rodolfo Weisskirch

 

Life’s a gas.

Sorin vuelve al sur. Aquellos lugares retratados a comienzos de la década pasada con Historias Mínimas, El Perro y El Camino de San Diego, regresan en Días de Pesca. La historia se centra en Marco, un viajante de comercio de 52 años, que desea cambiar su vida luego de haber sido internado por su adicción al alcohol. Parte de esta nueva vida consiste en encontrar un hobbie, una distracción. Por eso viaja a la Patagonia con el objetivo de introducirse en el mundo de la pesca de tiburón. Pero además, pretende buscar a su hija, a quien no ve hace muchos años. Para él, es la oportunidad para remediar los errores del pasado y obtener, finalmente, la tranquilidad definitiva.

Si bien la totalidad del film se encuentra lejos de lo realizado en sus anteriores trabajos, Días de Pesca resulta más una experiencia singular que fallida. Esta extrañeza se encuentra ligada a la relación que se establece entre el film y el espectador. Podían gustar o no, pero al menos las películas de Sorin tenían un peso específico. Historias Mínimas se trataba justamente de relatos simples, desprovistos de un gran desarrollo en su argumento, pero eran acreedores de una identidad. En la pantalla se apreciaba una figura evidente, el cuerpo de una puesta en escena. Esta construcción fue parte del éxito que tuvieron estas películas: la identificación en el espectador se debía a que los personajes y las situaciones estaban ancladas en un claro espacio y tiempo en el que se manifestaban. Sorin era consciente de que los los protagonistas y el lugar que los rodeaba estaban profundamente relacionados.

Anteriormente, se apuntaba que esta película era extraña es porque parece no existir. El universo de Días de pesca está compuesto por un lo indeterminado, lo inexacto. Si hay un estado en la película, este es gaseoso. Adentrarse al relato es como querer tocar una nube: se puede ver, percibir, pero nunca se establece un contacto firme. Posiblemente, por esta razón la historia está desprovista de un peso. Sus 80 minutos transcurren casi sin lastimar, sin demandar, sin cansar al público porque la puesta en escena no logra salir de la superficie de lo visible. Días de Pesca tiene paisajes, personajes, situaciones, temáticas, pero casi en ningún momento puede hacer de su material algo concreto.

Cuando el film funciona es porque su director opta por acciones capturadas de forma más seca, y no tan interesada en la faceta minimalista que pretende exhibir todo el tiempo. Al alejarse de esa pose independiente, se siente la trascendencia del relato. La secuencia en la que el protagonista, su hija y su esposo están cenando está caracterizada por miradas, diálogos que esconden sentimientos ocultos y cautelosos movimientos. Es una escena en la que se observa una doble faceta en los personajes: un pasado que todavía duele y un presente que se busca solucionar. En estos momentos Días de Pesca es muy interesante, pero pierde su potencia dramática cuando refuerza lo que había construido con inteligencia.

Hay que recordar que esta etapa de Sorin se caracteriza por el elogio de lo simple, lo cotidiano. Tanto en este film como en sus anteriores trabajos ubicados en diferentes puntos de la Argentina, el director utiliza a personas “comunes y corrientes” como actores. Pero si en Historias mínimas esto le brindaba una mirada interesante e incluso fresca, en Días de Pesca resulta demasiado calculada. Allí se encuentran esos primeros planos a estos efímeros intérpretes que sobreexplican un recurso muy evidente. Son estas decisiones las que hacen que no se encuentre casi nunca una identidad, un camino. El resultado de cada reencuentro, cada pérdida, cada intento por recuperarse de los errores, son acciones que no poseen una profundidad dramática. Una vez dentro de esta nube que es este film, todo parece ser parte de una misma materia:  una discusión será lo mismo que pescar, comprar un juguete o compartir un mate con otra persona. Todo esto aferrado a un paisaje que, en su momento, fue mejor retratado.

calificacion_2

Por Luciano Mariconda

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