A Sala Llena

Dos Disparos

(Argentina/ Chile/ Alemania/ Holanda, 2014)

Dirección y Guión: Martín Rejtman. Elenco: Rafael Federman, Susana Pampín, Benjamín Coelho, Camila Fabbri, Manuela Martelli, María Inés Sancerni, Walter Jakob. Producción: Violeta Bava, Rosa Martínez Rivero, Christoph Friedel, Jan van der Zanden. Distribuidora: Zeta Films. Duración: 105 minutos.

Una casa con fondo y pileta. Una familia sin padre. Un pibe que, después de ir a bailar, encuentra un arma y se pega dos tiros. Uno en la cabeza, que erra y se incrusta en la pared. El otro en el estómago, que entra y se queda ahí, alojado. Así y todo, se salva.

Ese es el punto de partida de la nueva película de Martín Rejtman (Rapado, Silvia Prieto, Los Guantes Mágicos), que nace a partir de los dos disparos pero después se abre en abanico, mostrando lo que hacen los demás a partir de esos dos disparos: la historia de la madre, la profesora de flauta, el hermano, el novio y la amiga de la chica que el hermano seduce. Aparecen personajes y el director decide seguirlos y dejar atrás a los otros. La historia se abre pero siempre describiendo una curva que, al final, se cierra.

Con un montaje prolijo, correcto, que no da lugar a los saltos de edición, con una fotografía impecable y una iluminación al mismo nivel, la película transcurre su camino firme, de la mano de un puñado de buenos -y en su mayoría, desconocidos- actores.

¿Por qué los personajes que aparecen primero en la película tienen que ser los protagonistas? Rejtman sabe cómo escribir un guión. Las reglas sólo se pueden romper siempre y cuando uno las sepa de memoria. En el caso de Dos Disparos, no hay protagonistas. Los personajes entran en escena y el punto de vista cambia. Primero (como se decía más arriba), el chico y el arma. Luego, su hermano y su madre. Después, los integrantes del grupo de flauta barroca. Luego, el hermano conoce a una chica en un local de comidas rápidas. Después, la amiga de la chica que trabaja en el local de comidas rápidas. Luego, un viaje a la costa. Y así… Las situaciones se van encadenando unas con otras creando un universo repleto de matices y pequeños detalles que hacen que la parte se convierta en el todo. Detalles hermosos (mañas) que interpretados con maestría, como el caso de Fabián Arenillas, Claudia Cantero o Walter Jakob, hacen de estos personajes seres detestables pero a la vez -y en cierta forma rebuscada- queribles.

El espectador desprevenido puede llegar a pensar que Rejtman se olvida de los personajes que van quedando atrás en la historia pero no es así: todos están presentes todo el tiempo. Las historias se desvían. Cada vez que entra un personaje nuevo a escena sabemos que la cámara dejará de seguir la historia que nos estaba contando para entrar en este otro nuevo mundo. Ahora, cada nuevo mundo al que accedemos tiene un denominador común: la comunicación entre los personajes es la mínima necesaria. Los silencios, lo “no dicho”, incomoda. ¿Por qué? Porque cuando un personaje dice lo que piensa, nosotros lo aceptamos por explícito. En este caso, el silencio nos obliga a poner nuestro punto de vista sobre el mundo y nos lleva a llenar esos silencios con nuestras opiniones, con nuestros propios conflictos.

calificacion_4

Por Adrián Kaplan Krep

 

La falta del diálogo.

Nos podríamos preguntar cuántas historias caben en una película, y Martín Rejtman nos convencería de que muchísimas, enlazadas una a otra, atadas por la casualidad o la causalidad, por personajes o acciones previas, ligadas azarosamente hasta comenzar por donde se empezó: en una casa, con un adolescente que se pega dos -sí, dos- tiros “por impulso” y sale ileso de la aventura.

Los dos disparos son tan solo el puntapié inicial, la excusa que tiene el autor para explayar el universo futuro de los personajes que rodean al joven suicida, más allá de que sean cercanos (madre, hermano) o que vayan apareciendo de casualidad y no tengan relación con él, como los personajes que van surgiendo hacia el final.

Híbrido entre comedia y drama, Dos Disparos es un filme que evade los géneros y se presenta como una serie de situaciones encadenadas, contadas en un tono monocorde hasta el hartazgo, sin que el menor rasgo de sentimiento -más allá de una suerte de aburrimiento, cierto letargo que se presenta en cada palabra proferida, en cada paso dado- se adivine en sus rostros o en sus discursos.

Es curioso que Rejtman logre que en su película los ruidos y los silencios sean más valiosos que las voces. La secuencia inicial en donde la voz se ausenta, presenta más potencia narrativa que todo el resto del metraje, plagado de diálogos insostenibles incluso para un universo particular como el planteado aquí. El ruido de un teléfono que no para de sonar y no se puede apagar o el silbido que emite el joven suicida en cada ensayo de flauta aportan más elementos de comicidad que cualquier conversación dentro de la película. Pero son los parlamentos de los personajes, el guión escrito y su forma dicha, los que conspiran contra el interés del espectador: la modorra -por adrede que sea- que acompaña a cada personaje, la manera autómata en que emiten sus discursos, sin pausas, como enumeraciones interminables de datos sin importancia, y las palabras mal elegidas, como salidas de un libro antiguo, que conforman esos discursos robóticos.

Se pueden hallar, hilando fino y con mucho entusiasmo, una serie de burlas a la incomunicación, una cierta descripción irónica de la vida moderna, con personajes que en su mayoría no son nadie ni se dedican a nada. Incluso podemos ponernos a dilucidar el por qué de esos disparos, que parecieron salir de la nada y generar apenas algo. Pero lo más lógico es padecer con el devenir anárquico de una serie de personajes que viven como sonámbulos en un mundo sin ton ni son, durante 105 minutos que parecen muchos más.

calificacion_1

Por Juan Ferré

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