A Sala Llena

Dos más Dos

(Argentina, 2012)

Dirección: Diego Kaplan. Guión: Juan Vera y Daniel Cuparo. Elenco: Adrián Suar, Julieta Díaz, Carla Peterson, Juan MInujín, Alfredo Casero. Producción: Juan Pablo Galli, Juan Vera y Alejandro Cacetta. Distribuidora: Buena Vista. Duración: 103 minutos.

Una orgía infantil.

La comedia de enredos románticos, familiares (y populares) es un género que en Argentina tuvo la marca registrada de Manuel Romero. Este verdadero genio, compositor de los mejores tangos de la historia, fue además un autor cinematográfico que lanzó a la pantalla grande el personaje de Catita -interpretada por Niní Marshall en la trilogía del “Casamiento”-. Dicho género tuvo una continuidad mediocre pero simpática durante los años de la dictadura con la saga de La Discoteca del Amor, La Playa del Amor, La Carpa del AmorEl Éxito del Amor, dirigidas por Adolfo Aristarain, Julio Porter y Fernando Siro, respectivamente. Tengamos en cuenta que en esa época, la mejor forma de filmar sin tener problemas con la censura era haciendo esas películas.

Desde entonces, el género atravesó etapas olvidables. Después del “éxito” de Comodines, Adrián Suar, en vez de seguir con films de acción, se dedicó a “renovar” la comedia familiar popular conservadora, con films que tuvieron cierta repercusión pero que, en vez de aportar ideas nuevas al cine nacional, terminaron siendo retrógrados, previsibles y repetitivos. Es cierto que no todos son iguales, hay mejores y peores. Aunque no me gusta admitirlo, Un Novio para mi Mujer es posiblemente su propuesta más interesante, ya que las interpretaciones de Valeria Bertuccelli y Gabriel Goity lograban rescatar de la pobreza de una puesta en escena televisiva y publicitaria al guión de Pablo Solarz -que solo aportaba el personaje de la “Tana” Ferro-.

Con Igualita a Mí, llegó al cine de Suar/Patagonik Diego Kaplan, y el resultado fue aún peor. Kaplan es responsable de algunos productos televisivos interesantes. En este film, no pudo despegarse de una estética nuevamente publicitaria y darle relieve a un guión menos atractivo que el de una comedia de Garry Marshall. Dos más Dos es una resta. No solo porque se siguen repitiendo las fórmulas de todas las películas anteriores (los chistes malos y cancheros sin gracia) sino también porque pretende ser mejor que todas juntas al intentar “transgredir” con el tema de las parejas swinger, incluir actores que dan cierto relieve interpretativo (Peterson – Minujin), dejar afuera los tics televisivos y cuidar un poco más la estética gracias al trabajo visual estilístico de Felix Monti.

Pero no se dejen engañar, el paquete no puede darle brillo al contenido. Por si esto fuera poco, el argumento en sí mismo es casi un plagio -seré joven pero he visto cine-: es prácticamente el mismo del de Bob & Carol & Ted & Alice, comedia maravillosa, transgresora y muy inteligente de Paul Marzusky (1969), con Natalie Wood, Robert Culp, Elliott Gould y Dyann Cannon. Allí, en plena era del flower power y de liberación sexual, Marzusky trata de exponer los miedos y prejuicios de la sociedad conservadora estadounidense como una crítica social a la clase media.

En Dos más Dos no existe crítica ni transgresión. El único pecado de la clase alta porteña es ser infiel unos con otros… y no por aburrimiento, como sucedía en Las Viudas de los Jueves, sino por falta de imaginación narrativa. En vez del ingenuo y corpulento Eliiott Gould, uno de los mejores comediantes de su generación, tenemos a Adrián Suar, que repite el mismo personaje que interpreta desde La Banda del Golden Rocket (el chico temeroso, conservador, inseguro pero canchero). Julieta Díaz está completamente desperdiciada a nivel expresivo como su mujer (piensen en una pareja con menos química y se llevan un premio); por el otro lado, en vez de Natalie Wood y Robert Culp están Carla Peterson y Juan Minujín, que al menos componen personajes sensuales, creíbles y con matices. A decir verdad, el mejor y más divertido de todos es el joven Tomás Wicz, que se roba cada escena en la que participa.

No sé si me molestaron más los chistes misóginos, los diálogos construidos con frases hechas, los lugares comunes, la falta de tensión, Alfredo Casero sin la gracia que lo caracteriza o el final ultra conservador pero previsible, que termina arruinando la propuesta inicial… lo que la diferencia, por suerte, de la película de Marzusky, que tenía un desenlace más arriesgado. “No son los años 70, cuando estaba de moda la liberación sexual”, dice en un momento Diego (Suar) a Ricky (Minujín), como justificando la moralina final. Es verdad, pero no por eso tenemos que regresar a la mentalidad papista e insoportable de la década del ’20.

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Por Rodolfo Weisskirch

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