A Sala Llena

El Infierno

(México, 2010)

Direccion: Luis Estrada Guión: Luis Estrada y Jaime Sampietro. Elenco: Damián Alcázar, Joaquín Cosio, Elizabeth Cervantes, Ernesto Gómez Cruz, María Rojo, Jorge Zárate. Producción: Luis Estrada. Distribuidora: Independiente  Duración: 145 minutos.

The Mexican Buey.

No hay otra razón para el estreno de un film como El Infierno (2010) que el rebrote mediático local de la figura del narco y/ o gánster, ese antihéroe que despertaba pasiones eufóricas en los cines, ya en los tiempos de Caracortada de Howard Hawks. La filiación urgente con este film mexicano es aún más estrecha porque el éxito de El Patrón del Mal (la telenovela que se emite por estos días sobre la vida de Pablo Escobar Gaviria) tiene casi todos los ganchos para atraer la fascinación por el mundo narco y sus códigos.

De la misma manera que Caracortada de Brian De Palma, el protagonista empieza su derrotero en la lona y humillado. A Benny García (Damián Alcázar) le dice un oficial de migraciones de EE.UU. -antes de poner un pie en México luego de 20 años- “Nunca vuelvas”.  Las cosas en el pueblo natal de Benny están peores que nunca, los narcos de poca monta dominan todo, desde la acción de cada ciudadano hasta la economía local. Poco es el tiempo (y la justificación dramática) para que “el Benny” pase a engranar la maquinaria criminal que brinda dinero fácil. La conversión también se traslada al tono del film: si al comienzo tenemos una suerte de neorrealismo del norte mexicano, luego todo se torna hiperbólico, raspando con grandes chispas el cuadrante de la clase B, que lamentablemente no se va a mantener estable a lo largo de las dos horas y media. Hay mutilaciones de manos y lenguas, acribillamientos varios, como consecuencia de la paranoia incrementada. La atmosfera del desmadre, rectado por las traiciones y la falta de confianza, es motivo indiscutible del cine de mafiosos (comprendido por narcos, gánsters más idealizados, pandillas, etc.) pero es también una torre de naipes, la cual la mayoría de los personajes no logran identificar porque el poder es esa sirena que canta en sincronización con la escalada en la dicha del que asciende en la pirámide criminal.

Lo curioso de El Infierno es que la lectura mexicana sobre sus carteles es similar a la que suele tener el cine hollywoodense (sin ir más lejos se puede chequear Salvajes, uno de los últimos bodoques de Oliver Stone) porque la única salida es entregar toda la moral al negocio del narcotráfico: todo el mundo está conectado con alguna muerte relacionada al mismo tema, la juventud sólo tiene la aspiración de convertirse en matones y todos los miembros de las fuerzas de seguridad son terribles corruptos. Todo este universo estereotipado está retratado en un ambivalente juego de extremos entre la seriedad rígida (por los vínculos familiares que Benny entabla rápidamente) y la desmesura. Lamentablemente la línea grave del último tramo empantana el ritmo estructural previo del ascenso del protagonista, pero ciertos ribetes humorísticos, como el spanglish para nada involuntario de Benny, conforman un relato momentáneamente divertido aunque imperfecto y algo ruin para un tono clase B más prometedor, que se aducía en su premisa.

calificacion_3

Por José Tripodero

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