A Sala Llena

Enter the Void

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Enter the Void (Francia, Alemania, Italia, 2009)

Dirección y Guión: Gaspar Noé. Producción: Vincent Maraval, Olivier Delbosc, Marc Missonnier. Elenco: Nathaniel Brown, Paz de la Huerta, Cyril Roy, Emily Alyn Lind, Jesse Khund. Distribuidora: Primer Plano.  Duración: 161 minutos.

Crítica previamente publicada con motivo de exhibición en la 2º Semana de Cine Europeo:

http://www.asalallenaonline.com.ar/festivales-cine/2o-semana-de-cine-europeo/1440-criticas.html

Algo me hace ruido en el cine de Gaspar Noé. Me gusta la provocación en el cine. Creo que es necesario provocar, pero con inteligencia y no de forma superficial. Lars Von Trier o Jean Luc Godard son provocadores.

Provocan desde su ideología política del mundo y desde la estética que eligen para sus obras. A veces, la pifian, porque se concentran más en una u otra y olvidan que están haciendo una película, pero en Gaspar Noé la provocación es tan gratuita, que el producto final en vez de impactar termina por saturar, abrumar y aburrir. ¿Cómo es posible que un film que tenga claras intenciones de dejar una huella, de asustar o dejar pensando incluso al espectador se convierta en un producto redundante y monótono? El problema que tiene Noé es la acumulación de intenciones e ideas. No se puede negar que es un genio creativo y heredó de su padre, el gran artista plástico, Luis Felipe Noé una capacidad para diseñar mundos y encuadres envidiables. En Gaspar Noé la provocación y la estética van de la mano.

Ya sea creando una Tokio fluorescente, como armando secuencias “voladoras” filmadas íntegramente con una grúa en plano cenital para emular la visión de un espíritu que antes de reencarnar rememora su vida y la vida de su hermana, y amigos, o teniendo al protagonista durante una hora de espaldas a cámara, viéndose únicamente su nuca y espalda. Todas las secuencias de Enter the Void, son visualmente hipnotizantes y originales. Lisérgicamente asombrosas. Pero como dice el título, y como sucede con las drogas, su abuso termina por llevarte al “vacío”. Por lo tanto cuando Noe dice: “entrá al vacío” de eso estamos hablando.

A los 15 minutos de metraje, las imágenes surrealistas lisérgicas, drogadictas, en plano subjetivo terminan por agotar la narración. Y desde entonces ¿qué pasa realmente? Nada. Se repite la misma estructura una y otra vez durante interminables 160 minutos, con apenas pocos cambios a nivel visual, y alguna que otra imagen “provocativa” como un choque en subjetiva (me impactan más los de la serie Bourne filmados por Greengrass) o una secuencia de aborto. Si Noé se cree el máximo provocador por mostrar un feto en primer plano, se nota que nunca ha visto cine de Fruit Chan o Takashi Miike (este sí te da miedo y repulsión). Y para películas que muestran “abortos”, me sigo impactando más con 4 Meses, 3 Semana y 2 Días. ¿Adonde apunto con todo esto? Que más allá de que pretenda ser innovador, Gaspar Noé es un realizador al que la creatividad se le agotó después de la escena de la violación en Irreversible. Para ver los efectos de las drogas en plano subjetivo me quedo con El Viaje de Roger Corman y para ver escenas cenitales de gran crudeza, con Amarelo Manga, film brasilero. En su pretensión por crear algo que le vuele la cabeza al espectador, Noé ha olvidado construir una historia sólida y personajes creíbles, voluminosos, con interpretaciones creibles. Enter the Void, no tiene nada de esto. Me gustaría que Noé recobre esa capacidad para largar su ideología en forma más sencilla y menos pretenciosa, ocupándose más del guión y no tanto de la fotografía o el montaje videoclipero, como logró con resultados más satisfactorios en Solo contra Todos. Aún cuando no terminó por gustarme esta última obra, sigo pensando que como artista tiene muchas cosas interesantes que podría seguir contando si experimentara un poco menos con las drogas.

Como dije, a nivel visual tiene sus méritos, y el final ambiguo le da personalidad a la película. Una lástima que en la conferencia posterior a sala llena, el director tenía que develar la verdad sobre la historia y quitarle las dudas existenciales a los espectadores. Esas cosas no se hacen.

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Amado y odiado, Gaspar Noé nunca deja de llamar la atención. Y lo hace con talento.

Desde su premiado mediometraje Carne, de 1991, el director franco-argentino, hijo del artista plástico Luis Felipe Noé, nos dio obras que ponen a prueba al espectador, mostrando el costado más oscuro, destructivo y autodestructivo de nosotros mismos. Solo contra Todos, su ópera prima, presenta el descenso a los infiernos de un carnicero perturbado (Philip Nahon, también protagonista de Carne). En 2002, Irreversible lo catapultó como uno de los cineastas más audaces y controvertidos de la actualidad. De hecho, aún se sigue y se seguirá hablando de la cruda e interminable violación a Mónica Bellucci y del ataque con el matafuegos en el boliche gay.

Luego de su participación en el film episódico Destricted y de dirigir videoclips no menos tranquilizadores, en 2009 se despachó con su tercer atentado contra los sentidos: Enter the Void.

Oscar (el debutante Nathaniel Brown), vive en Tokio junto a Linda (la ascendente Paz de la Huerta), su hermana. Él se gana la vida como dealer. Ella es bailarina en un cabaret. Cuando Oscar entra en el bar The Void para una entrega a un cliente fiel, descubre que fue todo una trampa. Pero no logra escapar: la Policía lo mata de un balazo. En vez de partir hacia el Más Allá, su alma queda flotando en el mundo de los vivos. Yendo libremente de un lado para el otro, atravesando paredes y edificios, puede observar cómo sigue la vida quienes lo acompañaron en vida, especialmente Linda: de niños, cuando sus padres murieron en un accidente, juraron nunca más separarse, ni siquiera después de muerto. Por eso, Oscar también deberá encontrar la manera de reencarnar para volver a estar juntos.

Si bien aquí no hay violencia (al menos, no como en las dos películas anteriores), Noé logra su película más tripera y extrema. ¿Sexo? Clásico, lésbico, orgías, felatios… ¿Drogas? De las que se les ocurra. Todo esto, mostrado con un estilo crudo y, en determinado momento, psicodélico, ya que el alma de Oscar puede meterse en la cabeza de quienes tienen relaciones con su hermana (¡!).

El concepto remite a Desde mi Cielo, de Peter Jackson, en la que una chica asesinada queda en una suerte de limbo que le permite seguir en contacto con su familia, sus amigos y con el sujeto que la asesinó. Jackson es un director clásico, y va variando de puntos de vista de la víctima al asesino y de ahí a la familia, etc. En cambio, Noé sigue fiel a su estilo de narración anticonvencional. Cuando Oscar está vivo, la cámara adopta su punto de vista o lo toma desde un primer plano de espaldas. Cuando empiezan los viajes astrales, la cámara directamente se transforma en sus ojos. Nunca se desvía la subjetiva del personaje, y, gracias al uso de planos secuencia (cámara cenital, generalmente), sentimos que nosotros mismos formamos parte de la experiencia Enter the Void.

Una Experiencia Enter the Void que incluye momentos lisérgicos, dignos de 2001: Odisea del Espacio (Noé es fanático de Kubrik), cuando Oscar se droga con DMT. Este alucinógeno, consumido entre las culturas indígenas, es el más potente que existe. Entre otros efectos, altera la percepción y provoca la sensación de viajes cósmicos, repletos de colores y simbolismos. De hecho, la estructura química del DMT es hexagonal, y el protagonista se desplaza hacia objetos y luces con esa forma geométrica.

Casi toda la película funciona como una suerte de viaje definitivo que es la muerte. Casi, porque una secuencia ubicada en mitad de la película nos permite conocer la triste historia de los hermanos —incluye uno de los más perturbadores accidentes automovilísticos de la historia del cine—, su relación cuasiincestuosa y su lucha por sobrevivir en un mundo que siempre les dio la espalda. Sin embargo, este estilo de contar la historia no es abrumador, ya que resulta imposible no dejarse llevar. Noé lo logra una vez más, gracias a su poderío visual y sonoro. Vuelve a trabajar con el director de fotografía Benoît Debie (el mismo de Irreversible), e incorpora a su equipo a dos que algo saben: Marc Caro, uno de los responsables de Delicatessen, como director de arte, y Thomas Bangalter, del dúo francés Daft Punk, en el puesto de director de sonido.

Aviso: si bien dijimos que no hay violencia como en las creaciones anteriores del director, una breve pero intensa escena con aborto generará muchas sensaciones hasta en el público de estómago fuerte.

Podrán amarla u odiarla, pero nadie debe dejar pasar Enter the Void. Una historia sobre amor familiar, la vida, la muerte y, sobre todo, el auténtico y más impactante trip cinematográfico.

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Un viaje de ida

El que vaya a ver este último film de Gaspar Noé y conozca su obra medianamente ya sabe a que abstenerse, en las escenas traumáticas los fuera de plano prácticamente no existen. Se trata de uno de esos realizadores que con cada nuevo trabajo provoca los interminables debates acerca de lo que es moral y no en el cine.

Es que Gaspar Noé se mete de lleno en la pulsión humana, no da vuelta alrededor de ella, ni la insinúa, la muestra, la exhibe provocando tanta fascinación como repudio. Detrás de las cuantiosas imágenes angustiantes que sobran en sus películas, hay una apuesta a develar la naturaleza humana en su intimidad. Noé despliega en la pantalla grande lo que Lacán teorizó como “lo real”, y tiene que ver con aquello que no puede elaborarse simbólicamente, su vivencia está fuera de las palabras porque es imposible de imaginar y de representar, es abyecto y remite directamente a la noción de trauma. Lo real es lo traumático y Noé suele mostrar la vivencia traumática por excelencia, por eso mucha gente suele retirarse del cine antes que terminen sus películas.

Lo real, según Lacan es el vacío primordial que se encuentra fuera del lenguaje y eso es lo que nos ofrece este film: Entrar al vacío. La vida humana tiene montones de momentos que nos acercan con ese real inasimilable, aquellas experiencias absolutamente dolorosas que dejan agujeros importantes en nuestro psiquismo y que requieren de mucho trabajo simbólico para tramitarlo. El vacío más representativo de “lo real” es la muerte propia, porque no hay inscripción en el aparato psíquico de la misma y de eso trata Enter the Void de la propia muerte.

Relatada en primera persona, todo el tiempo tenemos el punto de vista del protagonista (Óscar), las cámaras representan su mirada o visiones de las cosas y es justamente un personaje que muere luego de una experiencia alucinógena, su alma se retira de su cuerpo y a partir de ahí comienza a recordar las escenas más significativas de su vida para luego observar como viven su muerte su adorada hermana y su entorno más cercano.

Nuestros ojos son los ojos del protagonista durante las dos horas y media que dura el largometraje. Eso hace de este film una obra bastante experimental y que nuestras mentes y cuerpos queden absolutamente agobiados cuando la cinta va promediando su duración.

Este estado tiene que ver con la particularidad narrativa que estamos presenciando, que a algunos les parecerá un bodrio y a otros una verdadera experiencia. Primero asistimos a una vivencia lisérgica producto del consumo de DMT (Dimeltriltriptamina), la droga alucinógena más poderosa que hay, hasta que la muerte irrumpe, a partir de ahí el alma se separa del cuerpo y revive a modo de flashbacks momentos muy traumáticos de su vida, y presencia, cual Big Brother, la vida de los otros con todo tipo de escenas carentes de velo.

A diferencia del cuerpo humano que la mirada tiene un límite, el alma no, puede ver todo desde arriba, como si fuera Dios. Y eso es lo que hace Noé, nos muestra todo, quizás con algún juego de iluminación puede tapar alguna que otra cosita, pero el alma de Oscar tiene acceso visual hasta los actos más íntimos de su entorno y nosotros con ella. Por eso digo que Noé en este film en especial, puede desplegar muy bien lo que Lacán llamó como “lo real”, nos muestra, lo que no podemos o soportaríamos ver.

La cuestión es que la mirada del alma de Óscar  tiene acceso ilimitado a todo, y eso es lo que nos dice la película sobre lo terrible que puede ser para nuestra mirada terrenal, poder ver todo, sin paredes, ni puertas que nos preserven de lo abyecto, de lo real.

Y como la mirada es el tema central, el director apunta a una sobredosis de estímulos visuales, lo que hace que muchos la tilden de pretenciosa. Con un fuerte estética posmoderna, la multiplicación de colores que ofrece la pantalla le da una clara tonalidad psicodélica con una impronta ácida y fluorescente. El punto de vista subjetivo del protagonista, hace que los movimientos de cámaras no se queden quietos, se acercan y se alejan del mismo objeto en una mínima unidad de tiempo, giran, rotan, por momentos es epiléptica, acelerada, torpe. Las imágenes se mimetizan con los carteles neón que caracterizan la luminosidad de la Tokio nocturna, pero también con esa vida oculta que esconden las grandes urbes por la noche. Los planos secuencia cenital sirven para mostrar el alcance de la mirada del espíritu indeciso, curioso y melancólico.

Confluye en varios aspectos metafísicos, evolutivos y estéticos con El Árbol de la Vida de Terrence Malick. Aunque Noé desde su sello, relata que pasaría después de la vida según el Libro Tibetiano de los Muertos. Una suerte de película hipermoderna con relato de filosofía budista.

Esta oscilación entre un vertiginoso dinamismo visual y una narración que se va tomando sus tiempos para contar lo que sucede, le da esa particularidad de no tener medias tintas. A Enter the Void o se la ama o se la repudia, el que la deteste encontrará miles de racionalizaciones para justificar su rechazo (aburrida, larga, obscena, etc), por el contrario el que quedó fascinado con ella es porque dejó la razón en la puerta del cine y se embarcó en este viaje que fue una verdadera estimulación a los sentidos, afortunadamente me encontré dentro de este grupo y me posibilitó afirmar que el último film de Gaspar Noé es una bella travesía que narra el amor que siente un hermano.

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Por Emiliano Román

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