A Sala Llena

La Casa

La Casa, Gustavo Fontán, Argentina 2011/2012

El cine de Gustavo Fontán se relaciona directamente con el arte que más le apasiona al director, además del cinematográfico, la poesía. Tras haber llevado a la pantalla biografía de notables poetas, Fontán construyó una filmografía rica en sensaciones, climas, recuerdos y nostalgias. “Filmar lo que uno conoce” es su frase de cabecera. Con La Casa, cierra la trilogía acerca de su familia y la casa donde se crío, que comenzó con El Árbol, siguió con Elegía de Abril y cierra con esta entrega.

Sin dudas, la más lírica de las tres es también la que tiene una puesta en escena más meticulosa, un cuidado plástico por el encuadre más riguroso y la que transmite mayores sentimientos de forma más abstracta. No se puede buscar una historia. No es un documental tradicional tampoco. Básicamente, Fontán regresa a la casa donde se crió para ser testigo de su demolición. Pero el punto de vista es de la casa misma. Los humanos (los padres, hermanos, sobrinos, vecinos) son traseuntes, parte del decorado. Acá las protagonistas son las paredes, los reflejos de las ventanas, las puertas, los techos. La casa respira, se comunica, hace sentir sus años, su tiempo y su pesar, incluso ante su triste porvenir.

Mientras se construye y se pinta un muro, se deja atrás una pared más vieja. Las antiguas generaciones dan paso a las nuevas. El pasado confluye con el futuro. Haciendo uso perfecto del fuera de campo, vemos personajes ancianos siendo testigos de la celebración de un nuevo niño a la familia. Es como las paredes resquebrajadas y húmedas que miran a las nuevas, recien pintadas. Recuerdos, voces, murmullos, tuberías. A través de un fotografía precisa de Diego Poleri, el soberbio trabajo sonoro de Javier Farina y el montaje de Mario Bocchicchio, Fontán arma el rompecabezas de su casa con planos, en general muy cerrados, progresivos, donde las figuras pasan fuera de foco (muy buen uso de lentes tele) y se crean imágenes plásticas cargadas de lirismo.

El barroquismo de las imágenes y los perfectos movimientos de cámara construyen climas que remiten a momentos de obras de Tarkovsky como La Zona o El Sacrificio. En esa intimidad, en la siniestra combinación de fotografía y sonido, nos imbuimos en un territorio familar pero triste, cargado de melancolía. El tiempo se dilata hasta el inevitable. Lo único criticable es que la secuencia del derrumbe se extiende un poco más de la cuenta, pero vale la pena la paciencia porque el último plano, si se han visto los anteriores films del director, termina siendo emocionante.

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