A Sala Llena

La Traición (Haywire)

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La Traición (Haywire, Estados Unidos, Irlanda, 2011)

Dirección: Steven Soderbergh. Guión: Lem Dobbs. Elenco: Gina Carano, Ewan McGregor, Michael Douglas, Antonio Banderas, Michael Fassbender, Channing Tatum. Producción: Gregory Jacobs. Distribuidora: Energía Entusiasta. Duración: 93 minutos.

La belleza del movimiento…

Son muy pocas las escenas en las que esta película se detiene, y cuando lo hace es porque tiene algo importante -en términos argumentales- para revelar. Pero cuando esto no ocurre, el film adquiere una velocidad supersónica.

Ver La Traición es tratar de seguir los movimientos de su protagonista, una agente que busca venganza tras ser víctima de una jugada sucia. Mallory (Gina Carano) se sube a un auto, corre, pelea y se arroja de un edificio. Estas acciones recubren al film de un dinamismo extremo, casi mayor que el exhibido en Misión Imposible 4: Protocolo Fantasma. La diferencia entre ambos es que en Soderbergh las acciones se extienden a lo largo de la película gracias a una trama que se basa, casi en su totalidad, en la constante persecución por parte del personaje femenino.

Mallory se erige como una mujer que, a pesar de ser engañada o lastimada, siempre termina dando el golpe más fuerte. En este sentido, el espectador es testigo de un personaje que lucha contra un sistema decididamente marcado por el machismo, que trae consigo un nivel de maldad corporativa y gubernamental. Pero en vez de hacer una batalla de los sexos o un relato de denuncia, el director crea una película de instinto animal en la que todos los personajes se mueven con una movilidad salvaje. El registro de la cámara está ligado a una experiencia documental: las peleas se encuentran montadas de forma que cada golpe lastime con solo verlo. La lucha entre el personaje de Carano y Michael Fassbender es el ejemplo de cómo la violencia debe ser captada para que cause un impacto sensorial. No solo a partir de la crudeza expuesta, sino con la justa transmisión de emociones. Si en Misión Imposible 4 Brad Bird podía transmitir una sensación muy parecida al peligro en la secuencia en la que Tom Cruise escala un edificio, La Traición se vale de la misma capacidad; por eso, cada acción de Mallory se encuentra recubierta por un aura tan determinante como final.

Si se toma a Erin Brockovich como un film sobre la lucha de una mujer en un sistema dominado exclusivamente por hombres y corrupción, La Traición sea tal vez su versión violenta y experimental. En ambas, el centro es una mujer que debe descubrir algo. Sin embargo, Soderbergh aplica dos estilos distintos de narración. En la primera, el espectador se enteraba al mismo tiempo que la protagonista de los sucios manejos corporativos de una empresa porque era ella quien avanzaba en la investigación. En la segunda, Mallory debe entender cuáles son las redes que se establecen entre los implicados. Esto último, sin embargo, no es fácil e incluso, por momentos, no se sabe bien qué pasa (recién sobre el final el director llega a aclarar ciertas cuestiones argumentales). De hecho, uno de los mayores méritos de la película es que es, justamente, una experiencia inasible y desconcertante. Pero este desconcierto se debe a que la protagonista es buscada por los mismos que la engañaron y que ahora quieren eliminarla. Eso la transforma en una película interesante porque Soderbergh juega con la temporalidad: Mallory no tiene tiempo para investigar porque continuamente se encuentra escapando de sus perseguidores.

Pero La Traición también es una obra acerca de la soledad. A pesar de estar recubierta por acciones que casi nunca se detienen, Soderbergh plantea una temática sobre un personaje que, cuando no se encuentra solo, está rodeado de sospechosos. Por lo tanto, hay un alejamiento de la condición humana, de la solidaridad. Un joven que la ayuda y el padre de Mallory parecen ser los únicos que realmente tienen buenas intenciones. El resto pertenece a un mundo sin tacto, en donde la protagonista debe sobrevivir mediante sus propios métodos. Probablemente, la película pueda vincularse con Contagio por la falta de tacto del mundo actual. En ambos films, la temática se centra en la desconfianza, el autoabastecimiento y la paranoia. Pero mientras que en una el tacto es impedido por el miedo a una infección, en La Traición se establece a través de la violencia. Donde ambas obras se unen es en el concepto de la falta de amor.

Lo único que parece brindar algo de calidez a una película decididamente fría, tanto en cómo muestra la acción como en su concepto principal, es su actriz protagónica. Es interesante el trabajo de Gina Carano (o es interesante la forma en que Soderbergh la filma). Lo que hace el realizador es componer la puesta en escena a partir de este único personaje y eso es sumamente original, ya que no son muchos los ejemplos de películas que crean su universo en base a una figura central. En realidad, Mallory en su totalidad –en su profundad dramática y estructura física- se compone de la dualidad. Es un personaje que se mueve en un presente condicionado por un pasado; los lugares que recorre son opuestos (el film puede pasar de una cena de gala a un granero y de ahí a una habitación de hotel), e incluso su vestuario se multiplica. Lo de Carano es increíble: su presencia se determina por actuación, por belleza y por los elementos que la conforman. En este sentido, son pocas las actrices que pueden lucir en la pantalla, con la misma gracia, un vestido y, en la escena siguiente, un buzo universitario. Con estos cambios de vestuario, las acciones también cambian pero ella sigue conservando ese magnetismo que atrae al espectador. Una actriz que -con movimiento, estilo y talento- puede moverse en atmósferas disímiles entre sí sin cambiar su registro de actuación.

Si La Traición es una obra extraña es porque no pertenece a ninguna clasificación. No se puede establecer como un film mainstream (a pesar de contar con numerosas estrellas) porque su modo de narración es lo suficientemente inusual -y hasta se podría decir experimental- como para llenar las salas de cine. Tampoco cae en las estructuras fáciles de las películas independientes. Si hay drama, Soderbergh se encarga de ocultarlo bajo la superficie del género de acción. La Traición parece correr continuamente, no quiere ser encontrada y catalogada, se maneja siempre en las sombras, detrás de una doble personalidad. Podría ser la película que mejor representa a este director de composición tan ecléctica y a su protagonista que, con sus dos caras, crea una extraña e irresistible armonía.

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Nace una Rompestrellas

A Steven Soderbergh no le gusta encasillarse. Se le pueden criticar muchas cosas: es pretencioso, superficial, ambiguo con sus mensajes políticos. Pero hay que admitir que el realizador de Traffic nunca se ató al cine de Hollywood, siempre fue por la vereda de enfrente tratando de correr riesgos estéticos y narrativos, aun con sus films más de género e industriales como la trilogía de La Gran Estafa, en la que la fotografía, el montaje y el uso de flashbacks tienen mayor arbitrariedad y anarquía de lo que muchos piensan.

En cambio, las películas más importantes, con temas potentes y críticos, terminan siendo más pretenciosas y menos llamativas.

Lejos del rumor de retirada (rumor que divulgó supuestamente en forma de chiste Matt Damon), en el último año Soderbergh trató de mostrar sus dos facetas: la política y aleccionadora (Contagio) y la otra, menos solemne y pretenciosa, la cinéfila, en la que el interés pasa por una cuestión estética más que narrativa. Este es el caso de La Traición.

El guión parece un calco de las películas de Bourne pero en versión femenina: Mallory, una agente entrenada con los marines, es contratada para recuperar a un rehén en Barcelona. Dicha misión se complica y un agente, supuestamente del servicio de inteligencia británico, la trata de asesinar, lo que será el principio de una persecución a lo largo de varios países, mientras Mallory escapa de aquellos que quieren matarla y trata de descubrir quién y por qué la traicionaron.

Las respuestas, por suerte, no son demasiado complicadas porque la historia, el Macguffin, es lo que menos le interesa al realizador. En La Traición todo surge de la figura de Gina Carano. Campeona mundial de Kickboxing y artes marciales combinadas, Carano se pone la película al hombro y corre, pelea, pega, salta por todas partes, destrozándole la cabeza a tipos duros como Michael Fassbender, Channing Tatum y haciéndole frente a grandes intérpretes como Michael Douglas, Bill Paxton, Antonio Banderas, Matheu Kassovitz o Ewan McGregor, todos en roles olvidables. Esto forma parte del chiste interno que le gusta hacer a Soderbergh con las “estrellas” de sus películas: destrozarlas, reírse indirectamente de la fama.

Steven rompe un poco con la estructura, creando varios flashbacks -algunos innecesarios- pero dándole un uso similar al que tenían en la saga de La Gran Estafa: puramente explicativos. De hecho, la música de David Holmes es similar a la de aquella saga; la fotografía de Peter Andrews (el mismo Soderbergh) pasa de colores fríos a cálidos de manera arbitrara; y la cámara en mano (al igual que Paul Greengrass en Bourne) le impone ritmo a las persecuciones. Sin embargo, lo más original que presenta La Traición son las peleas cuerpo a cuerpo.

El realizador de Vengar la Sangre no abusa de disparos, evita por completo las explosiones y, en cambio, exprime al máximo el talento de Carano para la lucha. Las coreografías son precisas y el director las filma en forma cercana pero en planos medios y generales, para poder apreciar la lucha de la manera más realista posible; de hecho, hay un intento claro de minimizar los trucos de cámara y de montaje, y de no agregar ni realentados ni efectos especiales. Ni siquiera hay música o efecto sonoro que incremente el impacto de los golpes. El resultado es riesgoso pero efectivo. Las peleas se ven reales, aun cuando se nota que Fassbender y McGregor tienen dobles de riesgo (estoy en duda con Tatum). Definitivamente Carano es ella misma, y eso queda claro en todos los planos. Cada vez que la película se pone discursiva, logra levantar con las escenas de peleas (especialmente las de Fassbender, que demuestra una vez más su versatilidad como sólido intérprete, aun si ser protagonista).

Siempre me pareció que Soderbergh es un realizador que pretende ser europeo, no solo porque le encanta filmar ciudades del viejo continente como publicidades francesas sino porque elige no usar una estética típicamente industrial. Rehúsa el plano contraplano en los diálogos, hace mucho uso del zoom y de planos secuencia de seguimiento, y corta de planos muy cerrados a otros muy abiertos.

Se agradece que con La Traición haya usado esta estética porque el impacto visual, el ritmo y la acción se destacan sobre lo narrativo. Un film menor pero entretenido.

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