A Sala Llena

#NYFF59 | France

El ‘ensueño prefabricado’, uno de los apodos con que se conocía al cinematógrafo presentado al público por los hermanos sean unidos Lumière, o a la unicidad de su magia de sombras desenhebradas libres, es la fantasmagoría que más se parece al territorio resbaladizo de los sueños. Esto lo vio Méliès primero que nadie y al poco tiempo lo vieron Griffith, L’Herbier y Chaplin y luego Gance, Clair y Keaton, entre muchos otros: la irrealidad que proponía el cine en sus inicios se ofrecía como la herramienta virtual idónea para concretar materialmente la dimensión onírica de la vida. Los obreros de la fábrica de los hermanos Lumière devinieron en regadores regados en un abrir y cerrar de obturador, y la comicidad del riego fue sustituida a la brevedad por las insipiencias del lenguaje.

Un siglo después vienen a existir transgresores como Bruno Dumont, un poeta de la gente real que no tiene ningún inconveniente en desacreditar la solemnidad de manual de la tradición formalista para regresar a las bases, a una casi vuelta al “irrealismo primitivo” de la protohistoria de este arte en la que pueda volver a resaltarse lo que verdaderamente importa en el cine: el rostro. 

France es un soliloquio para Léa Seydoux, la fuerza gravitatoria de la película. El argumento se desmadeja en torno a su mirada atribulada y triste sostenida arquitectónicamente por unas bolsas bajo los ojos que son más sexys que una insinuación al orgasmo. La confianza en ella que demuestra Dumont en cada encuadre que sostiene empedernidamente sobre su maravillosa efigie de moneda distante es todo lo que el cine europeo necesita para seguir siendo una empalizada inexpugnable contra el estilo de shopping center neutro e internacionalista que propulsa los Estados Unidos como maná unívoco del cine. Las veces que llora la actriz ante cámara alcanza la cifra cercana a la ironía. Las lágrimas de Seydoux se erigen en el estribillo sentimental de France. Como la vista a las montañas nevadas que ostenta la clínica de reposo en donde se refugia France para restablecer su psiquis o recauchutar su alma (“tengo el corazón enfermo, doctor”, le confiesa al psicólogo, pero mirando hacia otro lado, resignada a la noción gélida de que ese no es el lugar que sanará su dolor), Dumont visibiliza cristalinamente el tormento de sus criaturas, las deja hablar sin maquillaje y con canas in crescendo en sus raíces. 

Es el nuevo cinema-verité tal vez.

El mondo freak entero de la filmografía de Dumont convive en una escenografía anfibia de “calle” y “vida real” y ficción de chroma key fermentada por sus ideas subversivas, sabedor de que el cine resiste una mala ejecución técnica pero no una mala idea porque la cosa pasa por otro lado. Incluso parece filmar sin filtros ni añadidos de posproducción porque sus películas a veces se ven sobreexpuestas. El glamour etéreo de perfume franco-metafísico que irradia la actriz más atractiva del cine europeo actual, la mencionada y admirada Léa Seydoux, acá pierde un barniz de brillo impresionista con el fin de adoptar el look fatal de una conductora de televisión pagada de sí misma y enhiesta, con una espada en la mano apuntando al cielo, en la cima del rating, como si fuera una hercúlea Conan de los hogares vespertinos. Dumont en este sentido comparte con Terence Davies ser de los poquísimos en priorizar la caligrafía proactiva de sus intérpretes y no tanto su cinegenia, menos meritoria. Activa la ignición de lo mejor de Seydoux cuando pone el dedo en la llaga de la tilinguería ansiosa del orbe mediático tanto como en la (in)capacidad (auto)crítica del televidente. Allí la actriz se entrega en alma y vida. Dumont es despiadado y juguetón, razón por la cual no terminamos con el ánimo reventado después de ver sus películas sino todo lo contrario, con la frente marchita de júbilo libertino y con ánimo de amar hasta cualquier atisbo de estulticia en caso de necesidad. 

Por cierto, caballeros del cine como Dumont nunca se pondrían a favor del sistema; es de los que abrazan a los desprotegidos, a “los nuestros”. Cultor del feísmo de casting en aras de un realismo-realmente-real y no chamuyo de maquillaje, en sus películas es norma que se vean labios leporinos y estrabismos divergentes como así también tics nerviosos extremos, micro o macrocefalias discretas y actuaciones entumecidas propias de los no-actores, quienes, además, miran a cámara con un desparpajo que aparentemente nadie les cohíbe desde el backstage (en France, entre paréntesis, hasta Léa mira a cámara en una toma de la escena de la visita a la granjera esposa de un violador, y la toma, como vemos, jamás se corrigió). Pateador de calles y veredas con gente de verdad, no rata de biblioteca y polvo de archivos, Dumont retrata la “idiocracia” mikejudgeiana en la que vivimos irremediablemente fagocitados como si se tratara de un reboot de Matrix dirigido por una versión misántropa de Mel Brooks, y nos habla con contenidos ya ubicados en continentes de películas anteriores que pusieron la mira en la miseria extrema de la televisión, pero sus directrices poéticas se instalan en las Islas Antípodas del cinismo de la magistral, en otro sentido, Todo por un sueño, de Gus Van Sant. Recordemos que Dumont no odia a sus personajes. “Hay que dar, dar y dar. Para morir bien uno debe morir pobre. Cuando mueras, tu bondad permanecerá”, dice un viejo en un restorán. France se lo queda mirando. 

Cuando el mundo agobia algunos van a terapia. Dumont, como los genios, prefiere hacer una obra maestra.

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Francia, 2021)

Guion, dirección: Bruno Dumont. Elenco: Léa Seydoux, Benjamin Biolay, Blanche Gardin. Duración: 133 minutos.

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