A Sala Llena

Prometeo 3D, según Carlos Federico Rey

Alien era dios, nos enseñó papá

Inicio: plano de planeta imaginario, digno de 2001 Odisea del Espacio, continuado por amplios planos generales desde el aire en los que vemos bellos paisajes, seguido de un rito de sacrificio de un extraterrestre y finalizado dentro de una cueva con dibujos rupestres (donde miramos, dibujados en la pared de la caverna, los “caballos en movimiento” que encontró Herzog en La Cueva de los Sueños Olvidados, homenaje de Scott al alemán por haber mostrado la primera secuencia de cine de la historia).

En ese lugar vemos un dibujo de un hombre que señala cinco puntos en el cielo, una imagen mítica. Scott presenta en esta seguidilla de secuencias lo que vamos a ver en la película: mundos imaginarios, espacio, ciencia ficción -que nos remiten a su segunda película, Alien el Octavo Pasajero-, la tierra vista desde el aire, bella, sin ocupantes, como si fuera una fotografía del día que fue creada, un sacrificio/suicidio que se convierte en teoría de génesis, y la aparición humana en la caverna donde se ven dibujos del pasado y se aprecia la construcción de divinidad que remite a la idea de Dios. Ciencia ficción, tierra, génesis, Dios: vamos hacia Prometeo.

La aventura en Prometeo es la base del sub genero “Misión al espacio”: una nave que va en busca de algo hacia un lugar desconocido y que encuentra un imponderable que se convierte en amenaza. Aquí es donde Scott se divierte: cuerpos humanos penetrados por repugnantes bichos, mutilaciones, incendios y un auto aborto de una bestia extraterrestre que nos muestra la mejor versión de Noomi Rapace en su papel de Elizabeth Shaw en una escena bestial, llena de sangre, casi salida del cine estadounidense de los setenta.

La idea de conocimiento de esta gesta científica y la búsqueda de la génesis está minada por un sesgo teológico que se desarrolla mediante la relación filial. El robot de Fassbender (en su mejor papel, ya que como actor es un robot -revisen Shame sino-) mira los sueños de Elizabeth Shaw y descubre un pasado donde el padre le inculca a la hija la idea de Dios. Mientras tanto, Meredith Vickers (la siempre bella Charlize Theron), la humana que parece robot, es una fría empleada de su anciano padre que financia la misión y  busca desafiar a Dios tratando de conseguir la vida eterna. No es casual que Shaw sea cándida, pasional y de sangre caliente, y que Vickers sea gélida hasta para invitar a coger (gran escena con el “Capitán”, personaje salido de un western). En el orden temático, la idea de contraposición de un dios presente/ dios ausente es central en Prometeo; acá se ve la mano del guionista Damon Lindelof (el del bodrio Lost), donde un dios ausente jugaba con el destino de todos y después los invitaba a una fiestita de despedida en el más allá. Hollywood suele jugar con tratados teológicos de primer grado de escuela primaria, pero Lindelof los lleva a un grado básico de teología de jardín de infantes.

La acción claustrofóbica es lo mejor de Prometeo y lo que lo relaciona directamente con Alien el Octavo Pasajero, y ahí Noomi Rapace se revela como heroína, como la vieja Sigourney Weaver a fines de los ‘70s. Encerrada, sin poder escapar de un planeta, Rapace libra, en el contexto del más estricto realismo baziniano, una pelea física y lucha contra sus creencias. En este último ámbito es donde todo se resuelve y es aquí donde Scott sobresale luego de largo tiempo. Incluso en ese momento deja por un rato de ser el “Scott malo” -siempre aplacado por el “Scott bueno”, el genio de su hermano Tony-.

En suma, queremos más bichos penetrantes, más aliens y más Blade Runners como Fassbender, ese personaje helado, “replicante” que, durante dos horas, nos dio una oscura versión del mundo.

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