A Sala Llena

XIX Festival Internacional De Teatro Santiago A Mil: Kiss & Cry (Bélgica)

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Kiss & Cry

Dirección: Jaco Van Dormael. Idea Original: Michèle Anne De Mey y Jaco Van Dormael. Compañía: Charleroi Danses. Creación Colectiva: Michèle Anne De Mey, Gregory Grosjean, Thomas Gunzig, Julien Lambert, Sylvie Olivé, Nicolas Olivier, Jaco Van Dormael. Textos Thomas Gunzig. Coreografía y Nanodanzas Michèle Anne De Mey Y Gregory Grosjean.

Al inicio no sabemos que es el inicio. Al inicio no sabemos que las cosas empiezan y ni nos imaginamos que un día todo terminara. Al inicio nos acordamos un poco de la nada que existía antes.”

Cuando pensamos en una mezcla entre teatro y cine, pensamos en un escenario en el cual se suceden situaciones con actores, una pantalla de fondo en la cual se proyectan determinadas imágenes y probablemente, una relación entre ambas. O podemos pensar en esos nuevos trabajos performáticos en donde el cuerpo de un actor es utilizado de fondo para que sobre él se proyecten elementos del lenguaje cinematográfico, que se combinan con la forma de su cuerpo. Y si alguien más lúcido tuviera que pensar en la más acabada obra de arte resultante de la mezcla entre el teatro y el cine, quizá nos encontraríamos con algo muy parecido al film “La Rosa Púrpura del Cairo”, pero en donde de alguna manera la historia pueda ser representada en teatro y en donde los actores que salen de la pantalla estén viéndose, en efecto en vivo en un escenario. Lo último no está nada mal, sin embargo la idea no le llega ni a los talones a lo que desplegó la obra que nos ocupa.

Kiss & Cry es la más fascinante mezcla entre el teatro y el séptimo arte jamás imaginable. Pero la pieza no se contenta sólo con ello, explayándose en el encuentro entre cine, danza, literatura, teatro y la magia del nanomundo (trabajo coreográfico realizado mediante el movimiento de manos y dedos con un fin expresivo determinado). Y es mediante todos estos elementos que desarrolla una formidable performance en la que la proyección de una película y la exposición en vivo del proceso de creación de la misma, conforman un espectáculo magistral.  

La causa de que la obra sea magistral la conforman muchos factores artísticos, pero la razón técnica de que sea tan justa combinación, radica en lo que explica su director: “Es una obra teatral, es un film, es danza, es una mezcla de todo eso. Porque se encuentra sobre un escenario y nada está grabado de antemano. Todo se realiza directamente en el espacio escénico y lo que lo que la gente ve en la función es lo que los actores hacen ese día.”

Lo que se realiza en escena es una película, pero nos pondremos más específicos. Tenemos un escenario en el que vemos mesas minimalistas dispuestas en el perímetro del espacio escénico y sobre ellas lo que podemos describir como sets en miniatura (maquetas). En el centro, algo hacia el fondo y algo en penumbras, otra mesa a penas visible en la que hay cuatro computadoras portátiles y cuatro personas sentadas a su alrededor. Entre las mesas del perímetro y la del centro, los reels para una cámara filmadora se mimetizan en lo que parecen las vías de un tren a escala. Y en proscenio un tren de juguete a una escala menor que la que correspondería a las vías del reel. Al fondo, sí, una enorme pantalla de cine. Creemos que será una mezcla más entre teatro y cine. Como cuando por las malas –o las mismas- experiencias en el amor, creemos que esta nueva que vivenciamos será otra de las se suman a un pasado que no recordaremos. Una experiencia más en la que nada nos sorprenderá, en donde todo será predecible y poco profundo.

Es  en realidad antes de que terminemos de bosquejar estos pensamientos que el texto decide comenzar a poner luz en nuestras oscuras elucubraciones: _ “Al inicio no sabemos que es el inicio…” Escuchamos esta frase a la par que la enorme pantalla que tenemos delante se enciende en el azul de un mar, que sin que tengamos opción nos sumerge en los contenidos que no sabemos qué es lo que iniciarán, en nosotros.

Comienza el relato y se nos habla de una mujer llamada Giselle. Y ahora sí, el texto que sigue nos colocará de golpe y por la duración de todo el espectáculo, en ese especial estado de sensibilidad dulce y siempre algo doloroso que es el que produce sin excepción, la temática del amor. “La primera vez que se enamoro duro 13 segundos. El tren había tenido que frenar. Sus manos se tocaron. No le volvió a ver. Su memoria hacía lo que quería. Había perdido fragmentos. No se acordaba de nada salvo de sus manos. Por su vida habían pasado cinco hombres. Durante la noche miraba sus manos.” Cinco hombres. Los que se pueden contar con los dedos de una mano.

Y es ahí en donde la obra despliega la magia del nanomundo: las manos de los intérpretes contienen al todo; cada dedo es un cuerpo, un amor, el indicio de un recuerdo que se nos vendrá encima hasta disolvernos en la imposibilidad de comprender porque o qué. Un dedo que apunta a lo emotivo sin la menor piedad. Porque eso es a lo que se dedica la belleza. Y ahí, lo único que comprendemos es que la belleza no tiene piedad.

Vemos al tren en proscenio. Miramos como es proyectado en la pantalla y miramos a la maqueta de lo que no deja de ser un tren de juguete, para mirar sorprendidos a la pantalla nuevamente. No podemos creer que suceda, pero sucede. Como en el amor. El tren de juguete tomado de cerca con la cámara y proyectado en grande parece real, muy real. Como parece que lo será ese amor que se nos sumerge adentro del cuerpo con sólo tomarnos de la mano. El tren proyectado logra fascinarnos, aún cuando vemos que el original es sólo un juguete de plástico, incapaz de llevarse nada por delante o de trasladarnos a otro lado. Pero nos transporta. Y esa confusión es precisamente lo que emociona. Poder observar el armado de la magia. Pero además el armado de una emoción en nosotros mismos, de la que salimos y entramos en segundos. Creemos en un sueño cuando está proyectado y al ver el artificio no sabemos cómo ocurrió. Pero de todas formas no podemos dejar de volver a creer en él o en cualquier otro, cuando nos lo vuelven a proyectar frente a nuestros ojos.

Hay amores en forma de barco, te embarcas en él para no volver jamás” – continúa el texto, comenzando la enumeración de los cinco tipos de amores que moldearon el alma de Gisselle. Pero ¿dónde quedan esas herramientas de tallado una vez que no hay más obreros? ¿En qué desván las guardamos? ¿Dónde está la gente cuando desaparece de nuestra vida? El texto continúa: “Perdidos en los oscuros escondites de tu memoria”. Entonces se abre un cajón de recuerdos, y en la pantalla vemos una muy pequeña caja en donde unas manos reales y humanas guardan cual tesoro las de un muñeco casi diminuto.Todo se adentra en un juego de lo que es grande y lo que es chico; lo que es agrandado por nuestros recuerdos o lo que deberá empequeñecer porque sólo nosotros lo habíamos hecho grande. Del mismo modo vemos la imagen de una ventana que es tomada por la cámara, a través de la cual se ve a una pareja bailando abrazada, como en su living. Pero la ventana es la de una maqueta, mientras que la pareja es de tamaño natural, ya que son dos actores que vemos en vivo en el escenario. Y nos queda claro que los tamaños de las cosas, son relativos al ángulo que les apliquemos.

La realización de las maquetas es de una meticulosidad destacable. Cada set que compone las casas, un mar, una playa o el tren. Todo detalle no deja de mostrar el artificio, a la vez que por bien hecho nos permite entrar en el juego. Y así, nos dejamos ir en las lucecitas de árbol de navidad por las que trepan dos manos enamoradas para ponerse a jugar en hamacas colgantes o ya en casa, se disponen a agarrar el sofá para trasladarlo a otro sector del living y sentarse a descansar.

Incluso cuando las manos se pierden en el minimalismo de ser sólo ellas mismas sobre un fondo negro, en el que como si nada ni nadie las estuviera mirando se entregan a acariciarse con inquietante desnudez, su sensualidad nos atrapa sin aliento, recordando esas manos que amábamos, diferentes y únicas, en cada butaca.

El final de la historia, la respuesta a la premisa en la que descansa kiss & Cry, acerca de dónde van las personas cuando desaparecen de nuestras vidas, parecía previsible. Que los amores nos entusiasman con provocación, para no poder estar luego al lado nuestro o que los amores tienen formas cambiantes que se desdibujan con el tiempo. Y nada queda, más que fragmentos de individualidades, personas sin rostro, despedazadas. Sin embargo, después de tanta hondura sensible, un final feliz nos destroza de fascinación, al contarnos en secreto que ese amor del que recordamos las manos, su tibieza y su suavidad, nunca va a morir. Nuestro recuerdo lo guarda en una cajita dentro de nuestra memoria o del ventrículo derecho del corazón; en donde no muere. Allí se encuentra intacto y protegido de todo, y en especial del tiempo.

La mezcla más fascinante entre cine y teatro que se pueda realizar jamás, quizá sea la misma que forma una pareja cuyo amor, a pesar de haber podido durar sólo 13 minutos, es imborrable en nuestra memoria. Pero la razón, para cualquiera de los casos, no necesita una explicación que la avale. Es lo que ocurre con la magia.

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